28/2/26

La muerte de Mariano Gavín, más conocido como "Cucaracha" en la prensa francesa


HOY HACE 151 AÑOS DE SU MUERTE EN UN ENFRENTAMIENTO CON LA GUARDIA CIVIL EN LANAJA

El 28 de febrero de 1875 moría "Cucaracha" en un enfrentamiento con la Guardia Civil en el corral de "La Nica", situado en Peñalbeta, término municipal de Lanaja. Su muerte se prudujo en una época convulsa, coincidiendo con las postrimerías de la Tercera Guerra Carlista. El corresponsal del periódico "La Republique Française" escribía desde Barcelona, una extensa crónica, fechada el 15 de marzo de 1875, en la que recogía la muerte del bandolero Mariano Gavín y Suñén, apodado "Cucaracha". Traducimos el texto del diario francés:

“Por ejemplo, para rendir homenaje a la verdad estoy obligado a confesar que la guardia civil acaba de coger algunos laureles en Aragón, al capturar al bandido Cucaracha. Este Cucaracha es un verdadero héroe de novela. Desde hacía cinco años era el terror de este país desolado, que se extiende desde Zaragoza a Barbastro. La sierra de Alcubierre era el teatro predilecto de sus hazañas. Esperaba allí a los viajeros y siempre les robaba y los mataba a menudo. Jamás habían podido alcanzarlo. Se habían ordenado a menudo batidas, pero los campesinos, por miedo de que un día los visitara, no decían nada, no cumplían con su peligroso deber. En fin, Cucaracha ha sido cogido y matado. Las campanas de todos los pueblos de los alrededores han sonado durante todo el día”.

21/2/26

Pepa, “la Morata”, bruja o demente, de Calatorao

 


PERLAS DE HEMEROTECA

El diario El Constitucional reproducía en 1839 un folletín firmado por S. G. L. y publicado en Eco de Aragón. El autor criticaba las creencias arraigadas en las gentes sobre las brujas por la ignorancia que durante siglos ha persistido en España. Y centraba la noticia en una mujer que consideraban bruja o demente. Se apodaba “La Morata” de Calatorao.

BRUJAS

"Es tal la creencia que en la clase baja del pueblo español domina acerca de tan ilusionarios seres, que no basta razón ninguna a convencerlos de tales ideas. Yo verdaderamente nada lo extraño porque hay creencias que se arraigan de un modo indestructible en el corazón, y si atendemos a quienes las inculcan, veremos que las de Brujas en el pueblo bajo están perfectamente cimentadas.

La ignorancia tan extremada que por muchos siglos desgraciadamente existió en España, fomentó estas paparruchas, y sabido es que algunos pérfidos e infames hombres sacaron gran partido apoyados en tales falsedades. A pesar de haber transcurrido dilatados tiempos no han podido borrarse tan perjudiciales ideas, porque en la mencionada clase han sido transmitidas con la naturaleza, contando y haciendo creer con portentosos colores su existencia, y como estos desgraciados no ven ni oyen una voz que los libre de esta credulidad, están dominados siempre por ella, y en cualquier ruido o novedad que advierten por la noche, ya se creen de ella amenazados.

Un caso reciente ha venido a corroborarles todos sus pensamientos en la villa de Calatorao. En la noche del 12 del corriente, y hora de las nueve de la noche, se vio atravesar las calles de dicha villa con velocidad increíble un cuerpo natural sin vestido alguno, y tan solo con una corta saya a manera de tonelete que ocultaba su sexo. Algunos habitantes que la vieron se sobrecogieron de tal visión, y otros lo atribuyeron a alguno que tenía gana de divertirse. Hasta las doce de la noche permaneció lodo el pueblo tranquilo, y no tuvieron noticia mas que un escaso numero de personas.

Pero a esta hora en la puerta de la Capilla donde fue encontrado el venerado Santo Cristo, se oyeron terribles y exasperados gritos, acompañados de grandes ruidos que llenaron de pavor al vecindario. Era la misma visión que se había dirigido a este sitio, y asiendo con sus manos la rejilla que hay en la puerta y conmoviéndola con una fuerza increíble que causaba un horroroso estrépito, prorrumpía en escandalosos denuestos contra el ídolo venerado de este país. Escena imponente era aquella para los habitantes del barrio de la Capilla; jamás su borrará de su imaginación, y sus hijos la aprenderán para explicarla a sus sucesores. Es bruja, gritaban a una voz; y tenía más prosélitos que si el pendón de la Paz se enarbolara, porque aquella la oían y sentían lodos de de un mismo modo, y en esta habría sus diferencias. La escena de los Ataúdes de Lucrecia Borjia no impone tanto a un público sensato, como esta a los habitantes capillenses.

Cansada la extravagante figura dejóse caer al lodo, cesando su indecente lengua de proferir tan impúdicas palabras, y soltando al viento alaridos verdaderamente conmovedores. Cuando los vecinos observaron que su furor y desesperación se había convertido en templanza, salieron con luces y encontraron un cuerpo que yacía en el lodo con la cara escondida dentro de él, el pelo tendido por la espalda (por el que conocieron ser mujer) y toda ella embutida en el lodazar. Varias fueron las pruebas que hicieron para averiguar si muerta o viva estaba la que pocos momentos antes los había aterrado con sus dicterios, pero ninguna señal daba de existencia. Sus miembros caían con una mortal dejadez, y su aliento no se percibía. Dieron noticia al alcalde, el que acudió inmediatamente, y mando se trajese el carro de los muertos para trasladarla al cementerio. Ya había trascurrido algún tiempo cuando furiosa se levanta causando tal espanto a muchos de los circunstantes que al momento se encontraron en sus casas. Ya no quedo a la mayoría duda de que era una bruja.

Otros al contrario permanecieron quietos (aunque no tranquilos) y ayudaron al alcalde a llevarla la cárcel. Mientras este fue a llamar al escribano dejó en la puerta cuatro hombres para que la custodiasen. Sentóse ella en una piedra del umbral, hacia ellos, estos la amenazaban pero huían. Para llevarla a la cárcel fue necesario echarle una cuerda al cuerpo, y andando de espaldas fue hasta el hospedaje de los malhechores. El verle caminar era verdaderamente espantoso: sus ojos desencajados, su cara y cuerpo bañado en lodo, sus brazos en ademán de herir y defenderse y caminando de espaldas obligada por una soga. La infeliz llegó a su destino y allí fue conocida.

Pepa (la Morata por apodo) casada, de esta vecindad, de edad sobre 36 años era esta desgraciada. En la orden del Excmo. Sr. duque de la Victoria para la expulsión de familias facciosas a país enemigo, había sido comprendida una hermana suya con su familia. El marido de esta desgraciada había ido de viaje, y esta sintió tanto sin duda la separación de su familia que en medio de una enajenación mental se marchó por el camino que su familia, trepó montes, saltó barrancos, acabo de acalorarse, y su resultado fue quedar demente, y ocasionar un día que será muchos de tregua para sacudir tal superstición de brujas, pues hay personas que jamás se olvidarán que vieron una en la noche del 12 de noviembre de 1839. Fatal guerra que nos regalas tantas víctimas por et furor y ambición de una docena de hijos espurios de la Patria! Cesa luego tu furor, y no tendrán los ignorantes motivo para apoyar sus necedades, y la España concluirá de llorar objetos recientes de amargura y desconsuelo".—S. G. L. (Eco de Aragón.)

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