29/12/16

El Campeón de España de Maratón, Alejandro Pérez, sancionado a perpetuidad por la Federación Aragonesa de Atletismo



HISTORIA DEL ATLETISMO ARAGONÉS


Se quiere encauzar y extender el Atletismo puro en proporciones nunca alcanzadas y, como somos así en esta tierra, han sido descalificados a perpetuidad el campeón de España de Maratón y el Regional de 5.000 metros

Manuel Montaner, nuevo entusiasta secretario de la Federación Aragonesa de Atletismo y máximo responsable de la descalificación a perpetuidad de Alejandro Pérez y de Gerardo Aznar. Posa para As mostrando la magnífica copa donada por el exministro de Guerra, señor Azaña, para los próximos concurso. Montaner se lamentaba de la indiferencia de otras elevadas personalidades

Celedonio García Rodríguez

En 1933, tras un periodo de olvido y abandono en el atletismo aragonés, entra como secretario de la Federación de Atletismo un joven catalán, el señor Montañer, que surge como la estrella en Oriente para iluminar la nueva etapa de renovación. Con él trabajan los señores Morales, teniente de la Escuela Central de Gimnasia, Marqueta y Ejarque.

La labor del nuevo secretario se deja ver inmediatamente en la prensa, enviando comunicados e instrucciones casi diarias, según comentaba Miguel Gay en un amplio reportaje sobre el atletismo aragonés publicado en el diario As.

Una de las primeras actuaciones de la renovada Federación consistió en descalificar a perpetuidad a Victoriano o Alejandro Pérez y a Gerardo Aznar.

Victoriano Pérez, campeón de España de Maratón el año anterior, era “un muchacho de veinte años, de la Cartuja, sin preparación, sin entrenamiento, sin estilo, solo provisto de las admirables cualidades de la raza que batió el ‘record’ de España de Maratón”.

Gerardo Aznar, natural de Moyuela, era campeón regional de 5.000 m. y también significaba una personalidad de Aragón en las carreras a pie.

Según el anónimo autor del artículo, probablemente Miguel Gay, predecía que ese excesivo rigor de los federados produciría un atletismo de vía estrecha. Ambos atletas habían sido sancionados por no haber sido disciplinados en la práctica del “amateurismo rabioso” que los directivos pretendían.

En los pueblos aragoneses no hacen “carreras”, hacen “corridas”

En el artículo se proponía estudiar otro procedimiento para educar a los atletas de los pueblos que no eran atletas. En los pueblos no hacen carreras, hacen “corridas”, donde no se disputan diplomas, ni copas, ni medallas, sino unos pollos o unos duros. Así se han hecho corredores.

A estos corredores se les había buscado, “importado”, para que alcanzaran prestigio para la región y no era justo que luego se les cargase el sambenito de una descalificación.

El autor del artículo comparaba la actuación de los aragoneses con lo que sucedía en el resto de España y en las Olimpiadas: “A cada paso se descubren en España, especialmente fuera de España, casos de marronismo que nadie quiere ver. En las olimpiadas se prescisde del juramento “amateur”… y en España (Aragón) se pulveriza a un campeón porque corre por los pueblos.

Gay criticaba el “extremismo exagerado de unos puritanos”. El señor Montaner con un entusiasmo y pasión desbordante quería retroceder a los tiempos clásicos, a las olimpiadas griegas sin darse cuenta de que habían pasado más de veinte siglos.

Su ideal de regeneración con actuaciones como “el examen médico obligatorio y general hasta en los rincones más apartados de de los pueblecitos perdidos en la esmeralda de los campos o entre las peñas montañeras…”, estaban muy lejos de la realidad.

Carrera de las fiestas del Pilar de 1921, con salida de la Plaza de Aragón y llegada en el Cabezo de Buena Vista.  Tiempos heroicos  en los que participaban "amateurs" y "profesionales" de cinco duros, y en las que algunos corrían descalzos, igual que en sus pueblos

Miguel Gay auguraba que “las clásicas ‘corridas’ en Aragón, sin otro reglamento que conceder el primer premio al que llega primero, ni otra consideración en estos tiempos ya, sino que los premios sean en metálico, sin severidades en el vestuario —muchos corren descalzos―, esas clásicas corridas perdurarán, y en ellas se harán, como se han hecho, esos hombres enjutos, fibrosos, que llegan a la ciudad y admiran a las gentes por sus excepcionales condiciones. Hay una cantera inagotable, pero lo que no se puede hacer es despreciar por olimpismo esos frutos sin desbastar.

Reflexionen un poco y vean si en cualquier país prescindirían de un campeón maratoniano porque en un pueblecillo de cuatro calles y doce casas ‘echara’ un desafío y ganara veinte duros”.

En opinión de Miguel Gay, el portentoso entusiasmo de aquellos hombres de la Federación Aragonesa de Atletismo tenía como inconveniente el pensar demasiado idealmente. Una reflexión les volvería en sí, teniendo en cuenta que la Federación no tenía vida propia, vivía de las subvenciones y la única efectiva era la de la Comisión de Festejos y a cambio tenían que poner sus atletas puros, purísimos, a la exposición de los papanatas de unas fiestas callejeras.

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