26/12/12

Las pasiones, la historia y la política a través de la jota

PERLAS DE HEMEROTECA

Cantos y bailes populares

La hermosa baturra Ofelia de Aragón, con su guitarra en la mano, nos ha cantado más de quinientas coplas distintas

En 1930 la revista Estampa dedicaba un amplio artículo a la cantadora Ofelia de Aragón, firmado por Ezequiel Endériz. El artículo es un verdedaro repertorio de jotas, como podemos ver a continuación. Los sentimientos, las pasiones, la historia o la vida cotidiana se expresan en la jota. Va ilustrado con fotografías de otros destacados joteros y cantadoras aragonesas: Jacinta Bartolomé, Miguel Asso y José Oto.
*


Dice Orfelia de Aragón...

Si el arraigo que tiene la Jota en toda España, como medio de expresión lírica del pueblo, no bastara para demostrar que este es el canto celtíbero por excelencia, nos lo demostraría el hecho de hacer un sucinto repaso de sus centenares de coplas para ver tras de ellas todas las pasiones, todos los sentimientos y hasta todo el proceso histórico y político de nuestra raza... La Jota es amor y es odio, son celos y venturas, son risas y lágrimas, es regocijo y pena, sátira y melancolía, burla y gentileza... Cuando Pío Baroja dijo que la Jota era la barbarie hecha canción, no tuvo en cuenta que hay cantares de Jota como éste:

Como los copos de nieve
así comparo mis penas,
van cayendo poco a poco
y en la cabeza blanquean.

Poesía suave y virgiliana con un amargor muy humano a lo Heine... ¿Verdad?... Además, la Jota no es Aragón solamente... Es Aragón más que nada porque en esta tierra fecunda y dura arraigó con la fuerza, el colorido y el sabor del melocotón magnífico; pero también es Castilla y Valencia y Navarra y Galicia y Rioja...

Para precisar una necesaria y copiosa argumentación a base de Jotas aragonesas, hemos visitado a la genial creadora de este canto popularísimo, Ofelia de Aragón, de quien nos habían dicho que tenía la mejor colección de coplas de jota...

En efecto, la hermosa baturra, con su guitarra en la mano, amablemente nos ha cantado más de quinientas coplas distintas en diferentes estilos y con verdadero escrúpulo en la selección, nos hemos apropiado de aquellas que hemos creído mejores para nuestros fines.


 La bellísima y popular cantadora de jotas Jacinta Bartolomé, «Perla del Ebro», que obtuvo el primer premio en el Certamen oficial de Jotas celebrado en Zaragoza durante las últimas fiestas del Pilar.

Ofelia de Aragón se ha hecho cargo inmediatamente de nuestro deseos.

—Se trata de demostrar que la Jota es una cosa grande... —le hemos dicho.

Y eso ha bastado para que la aplaudida diva, incansable, haya ido recordando en su memoria todo cantar que rememoraba una fecha política o histórica, toda copla que llevaba en sí el latido de un sentimiento humano.

Sólo ha habido una cosa difícil de hallar en el cancionero de Ofelia de Aragón: coplas alusivas a la madre... Cuando le hemos dicho:

—¿Y algo que, como en la copla andaluza, sea comparación, juramento o maldición, poniendo por prenda de comparación a la madre?...

—No existe eso en Aragón. Para el aragonés la madre representa tan sagrado e íntimo afecto en su vida, que sólo nombrarla parece profanación.

—Pues hay que buscarla —insistimos— porque si no, no sería completo...

—Pues allá va, para que no diga que falta nada:

La madre que te parió
no se debía morir,
para parir y criar
serafines como a ti.

—Muy bien; continuemos... O comencemos, mejor...

—¿Por dónde?

—Por la creación del mundo.

—Pues allá va:

Dios hizo el mundo en seis días
y el séptimo descansó,
y aprovechando esa sienta
la primera suegra nació.

—Ya en el Paraíso...

De una costilla de Adán
hizo Dios a la mujer,
para dejar a los hombres
ese hueso que roer.

—Viniendo luego a España...

España se hizo en un beso
de una rosa con el sol,
por eso arde como el fuego
la sangre del español.

—Elogio de la bandera…

Colores de sangre y oro
son los de nuestra bandera,
y no hay oro «pa» comprarla
ni sangre para vencerla.

He aquí un baturro de raza, Miguel Asso, que lo mismo acompaña a la guitarra que le canta una jota al lucero del alba.

Pero los valores de la tierra y el mar, comparados con la mujer amada, ¿qué valen?

En la tierra hay minas de oro
y en la mar muchos corales,
la mar y la tierra juntas
no valen lo que tú vales.

No debe faltar tampoco la copla astronómica:

Si el repijotero sol
se metiera a jornalero,
no saldría tan temprano
y andaría más ligero.

O esta:

El sol le dijo a la luna
retírate, bandolera,
que aquella que anda de noche
no puede ser cosa buena.

Un momento interesante de la Jota es cuando ésta se convierte de mora en cristiana. La Jota entra en la Península con la invasión de los moros. Es su canto de guerra, quizá. Entre los que la cantan mejor, se le reconoce E1 joven Aben-Jot, a quien vemos en su prisión de Daroca, lleno de añoranzas, que no sólo canta sino que graba en uno de los pilares de su cárcel la celebérrima copla, fundamento de todo su origen:

Si mi madre fuera mora
y yo nacido en Argel,
renegara de Mahoma
sólo por venirte a ver,
hermosa y blanca paloma.

¿Quién es esta «hermosa y blanca paloma» que así hace renegar al galán Aben-Jot de su origen, de su propia madre, cuando dice: «si mi madre fuera mora»... La leyenda, superior a la Historia, nos haría encontrarnos en seguida con una valenciana o una aragonesa bellísima, que acaba por aceptar el amor de Aben-Jot, ya cristiano, quien corrompe hasta su apellido haciendo del «Jot», «Jota». Y la canción que le hace célebre, toma su propio nombre...

De todos modos, la «hermosa y blanca paloma» de Aben-Jot debió ser aragonesa. Porque es en Aragón donde la Jota adquiere raíces eternas, aun cuando naciera en Valencia y Navarra afinara su sentimiento:

La Jota nació en Valencia
y se crió en Aragón;
pero en Navarra le dieron
sentimiento y corazón.

Otro gran tocador y cantador de jotas aragonesas, José Oto

Aragón también le da un españolismo furioso, calíente, terco, hecho al yunque de sus pasiones indomables:

Si viniera un terremoto
y se hundiera la nación,
España renacería
de las piedras de Aragón.

Esta afirmación españolísima profundiza las mismas entrañas de la Patria en las horas trágicas de la epopeya de la Independencia. Todos los españoles luchan igualmente contra las tropas invasoras de Napoleón. Todos se oponen a su paso. Pero Aragón lucha y canta:

Plaza de la Independencia,
ya puedes estar ufana,
que se ha regado tu suelo
con sangre zaragozana.

O esta otra:

El primer cancán francés
que bailó Napoleón,
se lo tocó a cañonazos
Agustina de Aragón.

Los franceses, sabido es, pudieron resistir el esfucrzo bélico de los españoles, porque éstos, como siempre, estaban abandonados a sus propias fuerzas. Lo que no pudieron resistir es la constante burla, el profundo desprecio que les envolvía en toda España. Quién sabe si una Jota los echó...

Pues lo mismo que estos estados de ánimo del «ánima populis» se han expresado de manera tan elocuente y precisa en la copla, veremos manifestarse los más recónditos sentimientos íntimos e individuales.

—¿Verdad, Ofelia?...—preguntamos.

—Sin duda...

—Venga una copla del dolor de la despedida:

Amor mío, si te vas,
escríbeme en el camino,
y si no tienes papel
en l'ala d'un pajarico.

—Amorosas...

Escriba ésta, bellísima...

Es tanto lo que te quiero,
que te quisiera llevar
de día, en el pensamiento;
de noche, en el ensoñar.

Y esta otra de un amor de más fantasía:

Águila que vas volando
y en el pico llevas hilo,
dámelo para coser
tu corazón con el mío.

La fortuna, la adversidad, el destino...

Hasta los leños del monte
tiene su destinación,
de unos fabrican los santos
y de otros hacen carbón.

Una de valientes...

No tiréis piedras, cobardes,
que el tirar es cobardía,
salir con navaja en mano
que yo sacaré la mía.

La pobreza y la hermosura...

Más vale el garbo y el talle
que tienen algunas mozas,
que todos los intereses
que tienen los padres de otras.

Por aparentar más de lo que se tiene...

Si tuvieras olivares
como tienes fantasía,
un río lleno de aceite
por tu casa pasaría.

La insinuación...

Yo venía de segar,
tú estabas en la ventana,
y me hicistes una seña:
que estabas sola y que entrara.

Pero luego, sucedido lo sucedido, viene la disculpa, ¿no?

Tu madre tuvo la culpa
por dejar la puerta abierta,
y yo por meterme dentro,
y tú por estarte quieta.

También debe de haber coplas para los cobardes...

Qué te sirve festejar
y llevar trabuco nuevo,
si no tienes corazón
para darle gusto al dedo.

Ante la indecisión de la moza...

Tanto, tanto te lo piensas
que ya me estoy yo cansando;
«paices» a los de Lumpiaque,
que amanecieron templando.

—¿Y el viejo que se casa con una mujer joven?

— Pues también tiene su copla:

Te casaste con un viejo
tan sólo por la moneda;
el dinero se acabó,
y el viejo es el que te queda.



José Oto cantando una jótica llena de intención:
Yo venía de segar, / tú estabas en la ventana, / y me hicistes una seña: / que estabas sola y que entrara.

El insulto...

Pero de esto del insulto por medio de la copla hay que hacer párrafo aparte. Tan graves han sido éstos, muchas veces, que la jota ha terminado manchada de sangre. La honra de la mujer, lanzada a los vientos en los cuatro versos de la copla, no es fantasía. Feliú y Codina recogió el espíritu de esta infamante costumbre en su «Dolores» inmortal, en esa «Dolores» donde logró un tipo de mujer tan humano, tan femenino y tan desgraciado, que sólo los obcecados de cierta localidad aragonesa pueden creer que esta creación del poeta les deshonra... La Dolores del drama de Feliú y Codina merece siempre compasión, y un pueblo acogedor, noble y generoso como Calatayud, debería de tenerla como la mejor hija de su leyenda, precisamente por ser la más desgraciada...


Veamos:

Desde Zaragoza a Utebo,
de Utebo a Calatayud,
no hay una mujer que tenga
menos vergüenza que tú.

Y eso que en esa copla no se determina el nombre de nadie, pues otras veces es la Pilar, la María o la Carmen la aludida directamente. También Las madres lagartonas con hijas especie de mercancía averiada, tienen su copla:

Con un viejo que se tiñe,
por fin, maña, te han casao;
ya decían que tu madre
se las daba al más «pintao».

Ahí va una de baile:

Arrímate, bailador,
arrímate, que no pecas,
que el que baila y no se arrima
es comerse el pan a secas.

Y otra histórico-biográfica:

De Teruel son los amantes,
de Huesca Ramiro el monje,
de la inmortal Zaragoza
Agustina y el Tío Jorge.

Gran profusión de coplas tiene el segador aragonés. Bajo el sol implacable de agosto hay ratos que maldice de su propia vida. Pero no con gritos ni con interjecciones. Sino con la copla. En ésta se queja de sus dolores, de su alimento, de la injusticia de su destino.


Veamos...

Ya vienen los segadores ,
de segar las Cinco Villas,
de beber agua de balsa
y quemarse las costillas.

O ésta:

Vengo ahogándome de rabia
por lo que en mi pueblo he visto,
comiendo pan de centeno
los que sembraron el trigo.

Tampoco la justicia se salva de la gran sátira de la Jota... Copla al canto...

Con un escribano pobre
y un juez que sea ladrón,
echan a un hombre a presidio
y no lo salva ni Dios.

Llegan para España los tristes momentos de la pérdida de las Colonias. La musa popular de Aragón se asocia a la impotente tristeza de aquellos días. No grita enronquecida y corajuda como en la Independencia. Más bien se lamenta y aconseja:

Desengañaos, cubanos,
y volved a ¡a razón,
y respetad las doctrinas
de aquel insigne Colón.

A la hora del desengaño, canta:

El señor Martínez Campos,
en la otra guerra pasada,
tanio como prometió
no nos ha cumplido nado.

La política tiene de igual forma coplas para todas las tendencias.


De la guerra carlista:

Viva Dios que nunca muere
y si muere resucita,
viva ¡a dama que tiene
amores con un carlista.

De la República:

La virgen del Pilar lleva
un clavel en cada mano,
con un letrero que dice:
¡vivan los republicanos!

Cuando la primera guerra de África, se cantó así:

De todos los generales,
el más valiente fue Prim,
y si no que te lo digan
los moros que hay en el Rif.

—Por lo que llevamos visto hasta ahora —nos dice Ofelia de Aragón— no hay tema, con todos sus matices, que la Jota no abarque. ¡Cuántas veces yo, como el filósofo busca la justificación de las cosas en la doctrina, la busqué en la copla! ¡Y cuántas hallé el consuelo que mi alma necesitaba!... Un ejemplo: iba yo a América hace más de tres años. Me dejaba en España afectos, ilusiones... Me esperaba una tierra desconocida, preñada de enigmas... Pues bien; en el barco fue para mí el mejor poema esta copla:

Cuando se sale de España
y se va cruzando el mar,
el barco tira p'alante
y el alma tira p'atrás.

—Y en los años de América, ¿olvidó la Jota?...


— Imposible... Ella, a pesar de todos los tangos y canciones, me ha dado mis grandes éxitos... Además, donde hay un baturro y existe una circunstancia apropiada, surge la copla... En Buenos Aires, una noche de fiesta en mi honor, un aragonés, un paisano, pidió permiso para cantarme y me cantó así:

Aun estando en Buenos Aires,
al oír cantar tu Jota,
me estas pareciendo, maña,
la Pilarica en persona.

—Y vamos con la última, una que es de rabiosa actualidad:


Veamos...

No llevaría Agustina,
cuando disparó el cañón,
ni los morricos pintados
ni el pelico a lo «garçón».

Con lo que dimos por terminada nuestra investigación, por no cansar más a la simpática cantante aragonesa y por no cansarte a ti, lector y amo...

Ezequiel ENDERIZ
(Fotos Marín Chivite)
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25/12/12

Tradiciones de Navidad

PERLAS DE HEMEROTECA

Devocionario del siglo XV

En diciembre de 1857 José Puiggari publicaba en El Museo Universal un amplio artículo sobre la Navidad, remontándose al 4.709 del periodo Juliano, corriendo el 4º de la Olimpiada 193, y el 37º del reinado en Judea de Herodes el Grande hasta los inicios del siglo pasado.

Puiggari entresaca tradiciones de la Navidad de diversos documentos mostrando una realidad que evoluciona con el paso de los años. La Fiesta de Navidad se ha celebrado con gran alegría desde los orígenes del cristianismo, los concilios la regularizan en sus decretos y el pueblo la vive hasta con locura, llegando a confundir sentidas demostraciones de piedad con groseras profanaciones del paganismo.

En la Edad Media se hicieron célebres fiestas carnavalescas sacro-profanas denominadas de “Locos”, del “Asno”, del “Obispillo”, etc. En el siglo XII, especialmente en Francia, las diversiones de Navidad se vivían con delirante frenesí. “La fiestas de los locos” consistía en invertir todos los órdenes y todas las funciones del ministerio clerical; se cometían extravagantes locuras en el interior de los templos: clérigos, diáconos y subdiáconos oficiaban en lugar de los sacerdotes y éstos, al pie mismo del altar jugaban a los dados, a los bolos, a la pelota y a otras cosas… Los monaguillos enmascarados y revestidos de capas pluviales, ocupaban en el coro los sitios de los canónigos y, en la víspera de Inocentes, elegían entre ellos a un obispillo, el cual, vestido con traje prelacial era ungido y paseado solemnemente por las calles al repique de las campanas y al son de inarmónicos instrumentos…

En España y concretamente en Aragón entre las costumbres no se vivían tantos excesos, en particular en las clases elevadas. Así lo relataba José Puiggari:


or esto en Cataluña, Aragón, y buena parte de Castilla, las diversiones de Navidad y año nuevo en los siglos medios, recomendábanse por su galantería. Señoras y caballeros, reunidos en sus nobles moradas, cantaban trovas ante unos retablos preciosamente aderezados, figurando la escena del nacimiento, costumbre que aún persevera, y después de entregarse a los placeres mesa y de la danza, echaban los años, esto es, los trovadores predecían el año a sus damas, en versos armoniosos, o bien se sorteaban amantes, lo que consistía en emparejar un caballero con una dama para que se obsequiasen durante el año. O hasta el Estrecho, ceremonia del día de Reyes, en la cual dos magos benéficos, vieja y mozalbete ridículamente ataviados, daban audiencia a las parejas, echándose recíprocos piropos, enlazándose con bandas de colores, recitando versos, ofreciéndose presentes, etc. Los aragoneses eran tan aficionados a estas diversiones, que según la crónica de Castell, por haber Pedro Uzal de Granollers, caballero catalán, quebrantado la etiquita del jurado de Estrechos de amor, don Pedro III que se hallaba presente, lo desterró y mandó brisar su escudo de armas con una pieza de gules en su principal blasón.
De un manuscrito de Poblet consta que durante las fiestas celebradas en Monzón por don Martín, unos caballeros zaragozanos desafiaron a otro porque en el jurado de Estrechos despreció a cierta señorita que le había caído de estrecho. La siguiente canción de Santillana prueba que también en Valladolid se observaban esas usanzas, las cuales después gozaron mucha boga en la corte do los Felipes:
                                           
Sacadme ya de cadenas,
sennora, e facedme libre;
que nuestro Sennor vos libre
de las infernales penas!
Estas sean mis estrenas,
esto solo vos demando;
este sea mi aguinaldo,
que vos faden fadas buenas, etc.


José Puiggari
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Noche Buena-Noche Mala

PERLAS DE HEMEROTECA

Noche Buena   -   Noche Mala
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Grabado publicado en El Museo Universal, 1857
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24/12/12

Las capeas

Estampa aragonesa


PERLAS DE HEMEROTECA

Uno de los festejos taurinos más antiguos se conoce popularmente como “correr toros”; el encuentro del hombre con el toro y de la forma de zafarse de sus embestidas sobrevive mediante las capeas y los encierros en los pueblos. La costumbre de “correr toros” surgió por la entrada de estos animales en las poblaciones para su sacrificio. Los riesgos y accidentes que provocaban motivaron su regulación en los fueros de villas y ciudades medievales, obligando a los carniceros a dejar correr por el pueblo a estos animales en determinadas fechas. Así se recoge en el Fuero de Sobrarbe, del siglo XII, o en el Fuero de Albarracín, de finales del siglo XIII.

Esta diversión ha sido perseguida continuamente por los poderes públicos y eclesiásticos; sin embargo perduró gracias a los engaños utilizados por las gentes para burlar las ordenanzas.

En el siglo XIX resurgió la afición por correr ganado por las calles, obligando a las autoridades a tomar cartas en el asunto. En la Real Orden de 13 de noviembre de 1900, publicada en la Gaceta de Madrid de 15 de noviembre de 1900, se recuerda la prohibición de correr las vaquillas en libertad y toros encordados y alquitranados. Otra Real Orden de 5 de febrero de 1908 prohíbe correr vaquillas y toros ensogados por las calles, dictándose normas para celebrar las capeas y corridas de toros en poblaciones donde no hubiera plazas de toros. La norma tampoco se debió cumplir y en la Real Orden de 24 de junio de 1915 que reiteraba la prohibición de las capeas.

El 8 de junio de 1917, con el estreno de un nuevo reglamento de corridas de toros, el Director General de Seguridad dictó una circular prohibiendo nuevamente las capeas en todos los pueblos de la provincia de Madrid. Y Primo de Rivera reitera en 1929 la orden de prohibición de celebrar capeas, recordada en varias ocasiones más.

Posteriormente, mediante la Orden de Gobernación de 3 de septiembre de 1931, se permitieron las capeas en circos provisionales bajo el cumplimiento de las debidas condiciones de seguridad y de la existencia de servicios de enfermería. Se complementó por la Orden Circular de 22 de junio de 1932, en la que se prohibía correr los toros por las calles, aunque no parece que fuera muy rigurosa su aplicación. Pero estas últimas órdenes ya son posteriores a la copla de Mefisto (Fernando Soteras) que publicó en el Heraldo de Aragón y reproducido por el semanario barcelonés La Fiesta brava en junio de 1930.

El pueblo grita alocado.
Hay alegría de fiesta.
Bajo el rojo sol de fuego
que el verde pinar incendia,
brilla la plaza del pueblo
donde a las tres se congrega
el vecindario anheloso
de presenciar la capea.
En torno a la vieja plaza,
junto al muro de la iglesia,
forman los carros un largo
tendido que el sol calienta:
Allí se apretuja el pueblo
sudando más que en la era;
y en las ventanas, que lucen
colgaduras pintorescas,
contempla el cuadro castizo
la colonia forastera.
La Banda del pueblo toca
un pasodoble que alegra,
y se da suelta a una vaca
de temible cornamenta
que deja limpia la Plaza
de la gente lugareña.
Cada vez que el bravo astado
se aproxima a las maderas
que son, como el burladero
donde los mozos se albergan,
cincuenta brazos blandiendo
cincuenta varas fresneras
descargan golpes y golpes
sobre el lomo de la fiera...
Un mozo bravo, el más jaque,
el más guapo de la aldea,
sale con un trapo rojo
a adornar una faena.
Cinco o seis novias que tiene,
arrobadas le contemplan.
Se arranca fuerte la vaca,
lo empunta, lo zarandea.
lo sacude con sus astas
lo mismo que una bandera,
lo arroja como un guiñapo
sobre la alfombra de tierra,
y allí se advierte en el mozo
de rostro como la cera,
un rictus que es un reflejo
del dolor de la tragedia,
en tanto en su camisilla
desgarrada y polvorienta
siniestramente aparece
una roja flor sangrienta...
* * *
Con reiterar el Decreto
suprimiendo las capeas,
se ha borrado de los pueblos
esta estampa aragonesa.

MEFISTO (Del Heraldo de Aragón)

Publicado en el semanario barcelonés La Fiesta brava (Barcelona), 1930.
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16/12/12

La Fiesta de San Juan en la Villa de Pina de Ebro

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PERLAS DE HEMEROTECA
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Toro de sogas en Pina de Ebro. El Museo Universal, 1863
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.Julio Álvarez Adé nos cuenta en las páginas de El Museo Universal, en 1863, que estaba en la mañana del 23 de junio de 183… cuando recibió una carta que de Pina le dirigía un primo suyo, mayordomo aquel año de la fiesta de San Juan, en la que le decía:

“Mi querido primo, ya sabes que soy este año mayordomo de la cofradía, y como me tienes dicho que te avise, lo hago así para que vengas, pues de seguro que te divertirás, porque el toro de sogas que tenemos este año es muy fiero y no dejará de hacer de las suyas, y luego podrás ponerlo en esos papeles que tú tienes de Madrid. Te mando con un mozo el caballico para que te vengas sin falta, pues te espera hoy a comer tu primo.- Mariano”.

Julio Álvarez acudió a Pina con la intención de recoger con su pluma los incidentes más notables que ocurriesen en la tal función y demás circunstancias particulares que la acompañan, y así lo hizo.

Cerca de Pina ya escuchó los ecos de la chillona gaita y el monótono tamboril; era el exordio de la fiesta de San Juan, que comenzaba con una vuelta al pueblo de ambos instrumentos.

“Son las tres de la tarde y con esta hora las vísperas a las que la asistencia es muy limitada, pues se reduce al clero, mayordomo de la cofradía, sargentos y abanderado de la misma de riguroso uniforme, esto es, con casaca de la época de Carlos III, calzón ajustado, zapato y sombrero apuntado, espada y alabarda los sargentos, que son cuatro, llevando en el centro al de la bandera.

Precedidos de la gaita y el tamboril, dan antes una vuelta a la población y hacen sus correspondientes saludos al pasar por la iglesia. Terminadas aquellas, vuelven todos a casa del mayordomo conservador, donde se sirve chocolate, y en cuyo balcón ondea ya toda la tarde el emblema del santo patrón (…)”.

Al anochecer se publica un bando al son de la caja, que dice así: «Se hace saber a todos los cofrades de San Juan, que acudan a las cuatro de la mañana a tomar el refresco a casa del mayordomo conservador». En realidad, el “refresco” al entrar en el cuerpo calentaba.

A las diez comenzaban las albadas: “canto popular de monótona cadencia alusivo al objeto de la fiesta, que recuerda acaso las costumbres de aquella larga época de la dominación musulmana, y que cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos”. El resto de la noche, recorrían las calles de la villa rondallas al estilo del país con sus guitarras y panderetas.

Al alba, la campana llama a los fieles a la primera misa, y entretanto comienza a oírse algún escopetazo, cuyo fuego va gradualmente aumentando, “como si la población se hallase acometida por los bandoleros y el vecindario se resistiese desde sus casas”. Son lo cofrades que se entretienes en disparar al aire sus escopetas.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Los mozos acuden en busca del toro de sogas, que con un collarín de cintas y campanillas, y bien amarrado, es traído a la plaza, donde permanece hasta después del refresco.

Los cofrades, cuyo número ascenderá a más de trescientos, van reuniéndose en la calle y frente a la casa del mayordomo conservador. Entre tanto, una cuadrilla de danzantes, compuesta de seis moros y seis cristianos, con sus obligados mayoral y rabadán, acompañada de los sargentos, gaita y tamboril, da la vuelta al pueblo.

Reunida la gente y alineada, se anuncia que se va a repartir el refresco y se ordena que no se incluyan en las filas los que no sean tales cofrades. Enseguida, los encargados de la distribución y los sargentos reparten roscones, dando dos grandes trozos a cada uno, y otros dos vasos de vino blanco por cabeza, con lo que más de uno suele alegrarse un poco.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Concluido el refresco, se da a cada cofrade que acude con escopeta tres onzas de pólvora para hacer salvas. Salen entonces de casa del mayordomo conservador los que lo han sido de la cofradía en años anteriores, acompañando al de la bandera, y se ordena el alarde, “llamado impropiamente procesión por algunos, pues ni va capítulo, ni cruz parroquial”. Consiste en una cuadrilla de mozos que traen amarrado al toro y que forman la vanguardia de la gran masa de gente.

El toro es el requisito indispensable de la fiesta, elegido entre los más bravos, el cual, atado por dos sogas, una que tiran los de delante y otra que llevan los de atrás, impide que pueda causar incomodidad alguna. Siguen los cofrades en número bastante considerable, armados algunos con escopetas, sargentos de uniforme y alabarda, danzantes, gaita y tamboril, pendón de San Juan, la efigie del Santo colocado sobre una peana y que al pasar por la plaza toman sobre sus hombros cuatro robustos gañanes, sigue la bandera de la cofradía y cierran la comitiva, como presidiendo, los mayordomos.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

El alarde recorre las principales calles de un barrio llamado Parroquia. Sale de la plaza denominada Marrán y, tomando el camino de las Cruces, sigue dando vueltas por la huerta a un cuarto de hora del pueblo, a salir por la puerta del hospital o ermita de San Blas, y de la calle de la Manga a la Mayor. En el trayecto que media desde esta entrada del pueblo hasta la plaza, se encuentran suspendidos en diferentes puntos, de ventana a ventana, varios peleles o muñecos construidos con ropas viejas y repletos de paja, que en Pina se llaman pairos, los cuales, así sostenidos y bajados a nivel del suelo, sirven de motivo de enfurecimiento al toro que viene delante. El animal descarga sobre ellos cornadas, poniendo las más de las veces a descubierto la materia fofa de que se hallan henchidos, lo cual excita sobre manera la risa a las gentes de buen humor. Nuevamente elevados son objeto de puntería a los escopeteros, que sin piedad se ceban sobre ellos, disparando a quema ropa sus armas de fuego, a cuyas descargas repetidas suelen encenderse y venirse al suelo formando una pequeña hoguera.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Llegado el alarde a la plaza retiran el toro, entrando en ella rigurosamente formados todos los cofrades, y el Santo se coloca en uno de los ángulos. El teniente de la cofradía se pone a la cabeza de la gente dividida en pelotones, guiados por los sargentos y formada de cuatro a cuatro en fondo. Con el primero marchan a tambor batiente, marcando el paso redoblado con la mayor precisión, la bandera y el pendón de San Juan, y describiendo un círculo cuanto permite la extensión de la plaza y formando una línea reentrante; el círculo se va limitando cada vez más, a manera de una culebra que se enrosca, cuya evolución se conoce con el nombre de “caracola”. Reunidos todos en un pelotón ordenado, vuelve a deshacerse en igual sentido, disparando las escopetas al pasar cerca del Santo, tanto al hacer como al deshacer la expresada evolución.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Concluida ésta, y al entrar el Santo en la iglesia, los escopeteros forman en dos alas y disparan todos sobre él a discreción, envolviéndole en una densa nube de humo. Luego hay misa cantada de cofrades, en la que, como en las vísperas, salen los sargentos a sacar la cera, y se celebra en el altar del titular, único día en todo el año.

Después de misa, los danzantes, sargentos, gaita y tamboril acompañan, a casa del mayordomo conservador para tomar chocolate, al sacerdote celebrante, organista y demás del coro, así como a los pasados mayordomos. A las nueve se celebra la misa conventual y, concluida, los danzantes traen igualmente al predicador a casa del mayordomo.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Terminada la fiesta tienen lugar los “dichos” a la puerta del conservador, en presencia de la imagen del Santo y en loor del cual se citan los mayores elogios, respecto a su vida y virtudes, y concluyen con una danza o pasacalle.

Por la tarde se repiten las vísperas, y tras esta, la verdadera procesión de San Juan recorre la vuelta de costumbre, con varios pendones y su correspondiente acompañamiento. Se da la circunstancia de que en ella los sargentos van descubiertos y con las alabardas del revés, cuya humillación de armas se hace en señal de respeto y sumisión al Santo, bajo cuya intercesión los cristianos lograron expulsar de Pina a los “partidarios del falso profeta”.

Después de la procesión llevan la bandera de la cofradía acompañada de los sargentos, danzantes, gaita y tamboril a tomar posesión en la casa del nuevo mayordomo, en cuyo balcón o ventana la colocan por espacio de media hora. Durante este tiempo se hacen en la puerta unas mudanzas de danza. Vuelve a replegarse la bandera y se deposita en la casa del conservador. Los sargentos se retiran a las suyas y los danzantes continúan hasta el anochecer ejecutando bales en las puertas de varios particulares.

Según Julio Álvarez, “se da la singular coincidencia de que la sonata, a cuyos ecos tienen lugar las danzas de este día en Pina, es exactamente la que se tañe en Valencia en casos análogos cuando hay funciones de moros y cristianos”.

Así era el desarrollo de la fiesta y en cuanto a su origen no pudo averiguar nada con certeza, únicamente se sabía por tradición que se instituyó en memoria de la expulsión de los moros que habitaban en Pina, en el barrio llamado de la Parroquia, y que en aquella época acaso se denominara la Morería.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Se contaba que, para arrojar de Pina a los infieles que habitaban dentro de su recinto, los cristianos idearon la lidia de un toro, diversión a la que eran muy aficionados aquellos, y que habiendo salido de sus guaridas a disfrutar de la fiesta, lo cercaron y acorralaron obligándolos a huir de la población, sin volverlos a permitir la entrada. Desde entonces se refugiaron en Alcalá, pequeño pueblo que existió entre Gelsa y Pina.

Julio Álvarez no pudo obtener ninguna otra información que no se refiriera a la tradición; revisó infructuosamente el libro de las instituciones de la cofradía, formado de nuevo en 1722, donde solamente estaban las reglas de la institución, el modo de celebrarse la fiesta de San Juan, la asistencia que debía prestarse a sus cofrades, así como el entierro que había de hacérseles llegado el caso de defunción, varias partidas de cuentas de gastos ocurridos con motivos de la fiesta en varios años y otras, que no ayudaban a indagar el origen. Únicamente encontró en los libros parroquiales dos textos que recogía íntegros, tal como los reproducimos, por la relación que con tal acontecimiento pudieran acaso tener.

En el tomo primero de bautizados (página sin folio) se encuentra lo siguiente: «A 26 días del mes de abril del año 1588. Yo Mosén Pedro Cortés, vicario de Pina, bautizo según el rito de la santa iglesia de Roma a un hijo de Blasco Ángel y de María Anchipol, su mujer, llamose Blas, fueron compadres Colás Temina e Isabel de Salillas.- Estando bautizando éste, vino Lupercio Latrás y Miguel Juan Barbed con sus lacayos sobre Pina, los cuales hicieron grande matanza de los nuevos convertidos, ansi de hombre y mujeres y criaturas que fueron hasta cuatrocientos o más y después hicieron grandes despojos de sus haciendas de muebles, ganados gruesos y menudos, y todo lo que sabían que era suyo, todo lo tomaban, el trigo y harina y escudillas y platos: hallábanse en poder de estos convertidos y en sus casas escondidos muchos libros y cosas y señales que eran moros y que guardaban más la ley de Mahoma y de Moisés que la de Cristo, porque los hombres que mataron estaban todos circuncidados según su ley: y se halló en poder de un muerto escrita de nuestra letra la orden de su bautismo para que lo defendiesen con sus reglas en romance y el bautismo y lo que habían de decir en algarabía». En el mismo tomo (página también sin folio) se lee lo siguiente: «El 26 de julio de 1610 y a las cinco de la tarde salieron de Pina los nuevos convertidos a su destierro de África por orden de Felipe II de Aragón y III de Castilla, dejándoles sacar lo que pudieran sacar a cuestas solamente».


Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Para concluir, Julio Álvarez añadía que los cargos de teniente y sargentos de la cofradía eran hereditarios, aunque trasmisible. En cuanto al de mayordomo podía serlo cualquiera que se pudiera desprender de 1.000 reales, que era aproximadamente el importe de la función. También decía que antiguamente la cofradía poseía suficientes fondos para atender con esplendidez la celebración de la fiesta, contándose entre sus bienes una gran porción de cabezas de ganado vacuno, que perdieron en la última guerra civil (Segunda Guerra Carlista, 1846-1849), durante la cual estuvo suspendida aquella por incompatible con las circunstancias. Algún año se obtenía el dinero ingeniando algún arbitrio, como sucedió en 1857 con el sorteo de un pequeño novillo.

Y terminaba diciendo que “para el forastero que se halla en Pina el día 24 de junio y ve por vez primera el aparato de la expresada fiesta, no deja de sorprenderle; bien seguro que en Aragón no se encontrará otro pueblo en que tan raramente se celebre el día de San Juan”.
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Publicado en Gaiteros de Aragón. Revista de Música y Cultura Popular de la Asociación Gaiteros de Aragón, Nº 30, Otoño 2012.

14/11/12

Los juegos tradicionales aragoneses en Andorra la Vella



CHARLA CON PROYECCIÓN
Juegos Tradicionales y el nacimiento del Deporte Moderno en Aragón
Centre Aragonés de Andorra
Andorra la Vella, 16 de noviembre de 2012
Sala de actos del Comú d'Escaldes Engordany
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8/11/12

Leyendas aragonesas en Alfamén


CHARLA CON PROYECCIÓN
Para todos los públicos
LEYENDAS ARAGONESAS
Alfamén, 11 de noviembre de 2012
Casa de Cultura, 18 horas
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12/10/12

Biella Nuei, La Fraternité y La Ronda de Boltaña con la Marea Verde entonan el Canto a la Libertad


La Marea Verde, por la Educación Pública sin recortes

Biella Nuei, La Fraternité y La Ronda de Boltaña con la Marea Verde, en apoyo a la Educación Pública, denuncian los recortes y entonan el Canto a la Libertad de Labordeta

Vídeo: Celedonio García
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Las alcaldesas de la provincia de Zaragoza

Tiempos nuevos

Las nuevas alcaldesas de la provincia de Zaragoza, rodeando al gobernador civil, don Manuel Andrés, y al alcalde de Zaragoza, señor Pérez Lízano. Entre ambas autoridades aparece la ex alcaldesa de Gallur, doña María Domínguez, primera mujer que presidió un Ayuntamiento español. (Foto Martínez). 

En el verano de 1932, María Domínguez Remón fue nombrada por el Gobernador civil de la provincia de Zaragoza alcaldesa de Gallur, convirtiéndose, así, en la primera mujer de la historia de España que se ponía al frente de una alcaldía. Permaneció presidiendo la corporación municipal hasta febrero de 1933.

María era maestra, socialista y afiliada al sindicato UGT. Tras su paso por la alcaldía se dedicó a la docencia y realizó colaboraciones periodísticas. Después del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 buscó refugio en casa de su hermana, en Pozuelo de Aragón. Allí fue detenida pocos días después y fusilada el 7 de septiembre de 1936 en las tapias del cementerio de Fuendejalón.

Poco después de abandonar María la alcaldía de Gallur, el Gobernador civil de Zaragoza tomó la decisión de nombrar alcaldesas a otras diecisiete mujeres de la provincia de Zaragoza, la mayoría maestras de profesión. Este otro hecho insólito en la historia de España fue recogido por la revista ilustrada Crónica, en marzo de 1933. El artículo, que puede leerse a continuación, lo firmaba Manuel Casanova, con fotografías de Martínez.

Isabel Pemán, de veintitrés años, nueva alcaldesa de Magallón.
(Foto Martínez)

"Manolo Andrés, uno de los gobernadores civiles que la República afloró en el campo periodístico, ha nombrado, así, de golpe, nada menos que diecisiete alcaldesas para otros tantos pueblos, pequeños pueblecitos, de la provincia de Zaragoza.

La cosa, ciertamente, carece ya de novedad. Ha sido en Aragón, en esta provincia de Zaragoza, en la villa de Gallur, donde por primera vez durante el nuevo régimen de España ha presidido el Ayuntamiento una mujer. Y, sin duda, la buena actuación de María Domínguez, que hace ya algún tiempo abandonó la Alcaldía, ha inclinado en tal sentido feminista el ánimo de los gobernantes.

Preludio electoral, vísperas de renovación en los Ayuntamientos. Diecisiete alcaldesas. Veamos: De Almochuel, doña Emilia Rodríguez; de Alpartir, doña Concepción Cortado; de Ardisa, doña Antonia Bosque; de Balconchán, doña Jerónima Sebastián; de Bureta, doña Cecilia Latre; de Clarés de Ribota, doña Josefina Candé; de El Frasno, doña Estrella de las Nieves García; de Gelsa, doña Victoriana Cereza; de Lituénigo, doña Clementina Bilbao; de Lobera de Onsella, doña Adelina Muñoz; de Magallón, doña Isabel Pemán; de Novillas, doña Felipa Elizondo; de Tiermas, doña María Gil; de Torrellas, doña Manuela Blasco, y de Villanueva de Huerva, doña Elvira Antorán.

De estas diecisiete alcaldesas, que van a regir pueblos que oscilan entre los noventa y nueve habitantes —Almochuel— y los tres mil —Magallón—, dieciséis son maestras, y únicamente doña María Gil, nueva alcaldesa de Tiermas, ha sido elegida por su condición de contribuyente más importante
Detalle: la más joven de todas —veintitrés años— es Isabel Pemán Cardesa, que va a ejercer la Alcaldía de Magallón, el pueblo más nutrido de cuantos ahora corren el albur de ser mandados por una mujer. La de más edad—sesenta y dos años—es María Blasco, nueva alcaldesa de Torrellas, con sus novecientos cincuenta habitantes.
Manolo Andrés, además de otorgarles magistratura de ciudadanía, las ha hecho comparecer en Zaragoza, las ha prevenido e instruido convenientemente, una a una, y luego las ha invitado a comer. ¿Conformes?
Conformes. Y ya el lunes, acabado el protocolo cortés, cada cual ha partido para su ínsula.

¿Con qué propósitos? Ellas nos contestan: —Para mantener la paz. Nosotras, muchas de nos otras, no estamos conformes con esta exaltación de la mujer a los cargos públicos. Creemos que la misión de la mujer dentro de la República es otra muy distinta. Pero nos hacemos cargo. Precisamente por nuestra condición de funcionarios públicos representamos una garantía de imparcialidad. Así se evita que cuando deje de ser alcalde Fulano lo sea Mengano, que es su enemigo natural, pertenezca al partido a que pertenezca, si es que hasta estos pueblos insignificantes es posible que lleguen la esencia y el matiz de los partidos políticos.

Doña María Blasco, de sesenta y dos años, nueva alcaldesa de Torrellas. (Foto Martínez).

Además —nos dicen—, en los pueblos que vamos a dirigir apenas si existen conflictos presumibles. Casi no hay organizaciones. Únicamente en Novillas cuentan los radicales socialistas con un grupo, y con otro, no muy importante, la C. N. T. En Lituénigo hay poquitos socialistas, y en Torrellas, para preocupación ligera de doña María Blasco, un centro de la U. G. T.

Algo más nos inquieta la forma en que deberemos distribuir las horas del día. Como casi todas somos maestras, y aparte de la labor de la escuela, damos clases particulares...
Las más jóvenes—Cecilia Latre, Adelina Muñoz, Isabel Pemán, Felipa Elizondo—, solteras, se encaran con sus colegas:
—Vuestros maridos os podrán asesorar. Pero ¿y a nosotras?

Pero todas se sienten optimistas y confiadas. Y viéndolas salir del despacho del gobernador civil y entrar en el restaurante del Centro Mercantil, en un leve tropel, mejor pudiera pensarse en aspirantes a determinada oposición, o acaso —las hay muy bonitas— en cualquier concurso de belleza en boga.

¡Es que a diecisiete alcaldesas en serie, la verdad, no estábamos acostumbrados!".
Manuel CASANOVA
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10/10/12

Cabalgata histórica y consagración del templo del Pilar en las Fiestas del Pilar de Zaragoza de 1872


Cabalgata Histórica representando la entrada del rey Don Jaime “el Conquistador” 

En las fiestas del Pilar de 1872 se vivieron dos actos que sobresalieron sobre el resto y dejaron un recuerdo que perduró en la memoria de los zaragozanos durante muchos años. Aquel año, en una solemne función religiosa, celebrada en la suntuosa basílica del Pilar, se consagró el templo, según el ritual romano, con la participación de dieciocho arzobispos y obispos. Y hubo una Gran Cabalgata Histórica representando la entrada del rey Don Jaime "el Conquistador".

Ambos acontecimientos fueron reflejados, con sendos grabados, en las páginas de La Ilustración Española y Americana.


La ceremonia religiosa fue un motivo más para que las diversiones públicas adquiriesen mayor esplendor y, entre todas, destacó la “Gran Cabalgata Histórica” representando la entrada del rey Don Jaime “el Conquistador” en Valencia, el 28 de septiembre de 1238, y el otorgamiento de sus fueros.

El semanario ilustrado relataba el festejo y citaba los nombres de los personajes representados y el orden de participación:

"La bandera morisca ondeaba en la plaza de toros, lugar elegido para representar la ciudad vencida. Un jinete moro, que representaba a Abu-Zeyan, entregó las llaves de la ciudad.

Abrían la marcha los jinetes que representaban a Hugo de Focalquier, maestre del hospital; a los comendadores de Alcañiz, Calatrava y el Temple, y a los caballeros Guillermo de Aguiló, Rodrigo de Lizana, Jimeno Pérez de Tarazona y Pedro Clariana, que asistieron al rey desde el comienzo de la campaña. Seguían las tropas de Lérida que, desde las ciudades, fueron las primeras en asaltar los muros de Valencia. Diez hombres de la milicia de Zaragoza, que tocaban el himno o marchade Don Jaime I “el Conquistador”.

Seguían cuatro almogávares y cuatro caballeros de la mesnada real, que se iban intercalando entre don Pedro Cornel y el mayordomo mayor del reino de Aragón, llevando el estandarte real; Abu-Abdallah, que, con sus parciales, también asistió al rey desde el principio del sitio; otros cuatro caballeros moriscos y ocho almogávares; los caballeros de conquista don Diego Crespi, que obtuvo el lugar de Sumarcárcel; don Juan Caro, el de Mogente; don Pedro Artés, el de Ortells; don Jaime Zapata de Calatayud, el de Sella; don Lope de Esparza, el de Benafer; don Hugo de Fenollet, el de Genovés; don Alonso Garcés, el de Mascarell; don Jaime Montagut, el de Tous y Carlet; don Sancho de Pina, el de Benidoleig; don Juan Valsera, el de Parsent, y don Pedro Vareliola, el de Benifarri; las tropas de Barcelona y Tortosa; Astruch de Belmonte, maestre del Temple, y los comendadores de Montalbán, Oropesa y Uclés; las tropas de Daroca; don Pedro Amyell, arzobispo de Narbona; cuatro caballeros franceses; los pro-hombres de Valencia Ramón Pérez de Lérida, Ramon Ramón, Guillermo de Belloch, Pedro Sanz, Bernardo Gisbert, Tomás Garidell, Guillermo Moragues, Pedro Balaguer, Marimón de Plegamans, Ramón Durfort, Guillermo de Lacera y Bernardo Zaplana (estos pro-hombres, con varios convecinos suyos, con el rey, los prelados y los nobles, hicieron el Código para el gobierno de Valencia, que sirvió de base después para la Constitución valenciana), Las tropas de Calatayud y Teruel; cuatro guerreros ingleses; diez hombres de la milicia de Zaragoza, que tocaban la marcha que lleva el nombre del “Conquistador”; ocho almogávares; el obispo de Zaragoza, don Bernardo de Monteagudo, y el de Barcelona, don Berenguer de Palón, y los caballeros que asistieron al sitio de Valencia, firmando con el rey y con los prelados, como testigos, la capitulación de la ciudad, a saber: el infante don Fernando, tío del rey; don Nuño Sánchez, deudo sanguíneo del mismo; don Pedro Fernández de Azagra, don García Ronieu, don Artal de Luna. En Berenguer de Entenza, don Guillermo de Entenza, don Arotella, Ansaldo de Gúdar, Fortuny Aznárez, Blasco Maza, Roger, conde de Pallás, Guillermo de Moncada, Ramón Berenguer de Ager, Berenguer de Erill, Pedro de Queralt y Guillermo de Sant-Vicens. Seguían las tropas de Zaragoza y Huesca, don Juan de Pertusa, caballero mayor del rey, y cerraban ocho caballeros de la mesnada real".

La cabalgata fue magnífica y en entusiasmo que produjo excitaba a las gentes de manera que en algunas ocasiones, como si el hecho representado fuera real, guitaban: “¡Viva Don Jaime el Conquistador!”.

Consagración de la basílica del Pilar de Zaragoza
La Ilustración Española y Americana, 1872

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8/10/12

Tipos españoles. Labrador aragonés




Durante el siglo XIX, en varios diarios nacionales se publican artículos relacionados con el carácter y las costumbres de los diferentes pueblos o regiones españolas.

En El Globo encontramos una serie de artículos, sin firma, con el epígrafe de Tipos Españoles, uno de ellos, en 1881, trata sobre el “Aragonés”. En el reportaje se suavizan los clásicos tópicos, mostrando los aspectos más positivos con los que habitualmente se los caracteriza. Se elige como modelo al “labrador” (ver dibujo), que es era el tipo más abundante en la época.


“Alto, fornido y de expresivo rostro es, por regla general, el tipo del labrador aragonés... Amante del trabajo, económico y morigerado en sus costumbres, de escasa tregua a sus habituales tareas y no ceja jamás en su empeño en labrarse una pequeña fortuna para atender a su vejez y al cotidiano sustento de su familia.

El aragonés es altivo, habla poco, defiende su opinión con firmeza, elogia su país hasta la hipérbole y la menor contradicción le enardece. Sus condiciones naturales, su grave aspecto, sus maneras frías y su tono, casi siempre brusco, tiene algo que sorprende a quien no le conoce.

Estos son los únicos defectos que poseen, y que, por otra parte, se hallan eclipsados por multitud de cualidades recomendables bajo todos conceptos.

Si los aragoneses son fríos y serios, son también reflexivos y prudentes; se hallan provistos de un juicio sólido y de una inteligencia despejada y perspicaz. Su prevención a favor de sus compatriotas no les ciega hasta el punto de hacerles desconocer los méritos de los demás, y saben rendir tributo al valor personal de los extranjeros. Sí son altivos, son al mismo tiempo atentos y leales. Hábiles cortesanos, sin facha de valientes, sin bravatas, atrevidos hasta la temeridad, activos como nadie, son ambiciosos y perseverantes. Su carácter decidido, firme e inalterable, ha hecho que se les acosara con frecuencia de indisciplinados; pero de todos modos, nunca han cedido cuando se ha tratado de luchar por la defensa de sus leyes, de su independencia y de su libertad.

Aragón ha dado a su patria grandes héroes, cuya interminable lista sería prolijo enumerar en estos momentos. La histeria atestigua sus hechos, las instituciones aragonesas de otros tiempos ponen de relieve su carácter y la épica guerra de la independencia española demuestra de un modo patente su valor a toda prueba y su denodada constancia contra las pretensiones del invasor.

(…) El grabado da una idea exacta del traje de los aragoneses, así como del tipo que por lo común ofrecen.
Con la chaqueta al hombro, el calzón corto, la clásica alpargata, el pañuelo en la cabeza, su faja descomunal y su prolongada vara en la mano, el labrador aragonés recorre la ciudad y el campo, acude a sus faenas y visita las ferias y mercados, sin aspirar jamás a modificar su manera de vestir ni a desprenderse de los patriarcales usos y costumbres que sus antepasados les legaron.

El labrador aragonés, en una palabra, se distingue por una circunstancia especialísima y característica.
Vive contento y feliz en su casa de labranza, y no anhela salirse de su esfera ni alejarse de la comarca que lo vio nacer".
El Globo, 1881

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