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16/12/12

La Fiesta de San Juan en la Villa de Pina de Ebro

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PERLAS DE HEMEROTECA
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Toro de sogas en Pina de Ebro. El Museo Universal, 1863
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.Julio Álvarez Adé nos cuenta en las páginas de El Museo Universal, en 1863, que estaba en la mañana del 23 de junio de 183… cuando recibió una carta que de Pina le dirigía un primo suyo, mayordomo aquel año de la fiesta de San Juan, en la que le decía:

“Mi querido primo, ya sabes que soy este año mayordomo de la cofradía, y como me tienes dicho que te avise, lo hago así para que vengas, pues de seguro que te divertirás, porque el toro de sogas que tenemos este año es muy fiero y no dejará de hacer de las suyas, y luego podrás ponerlo en esos papeles que tú tienes de Madrid. Te mando con un mozo el caballico para que te vengas sin falta, pues te espera hoy a comer tu primo.- Mariano”.

Julio Álvarez acudió a Pina con la intención de recoger con su pluma los incidentes más notables que ocurriesen en la tal función y demás circunstancias particulares que la acompañan, y así lo hizo.

Cerca de Pina ya escuchó los ecos de la chillona gaita y el monótono tamboril; era el exordio de la fiesta de San Juan, que comenzaba con una vuelta al pueblo de ambos instrumentos.

“Son las tres de la tarde y con esta hora las vísperas a las que la asistencia es muy limitada, pues se reduce al clero, mayordomo de la cofradía, sargentos y abanderado de la misma de riguroso uniforme, esto es, con casaca de la época de Carlos III, calzón ajustado, zapato y sombrero apuntado, espada y alabarda los sargentos, que son cuatro, llevando en el centro al de la bandera.

Precedidos de la gaita y el tamboril, dan antes una vuelta a la población y hacen sus correspondientes saludos al pasar por la iglesia. Terminadas aquellas, vuelven todos a casa del mayordomo conservador, donde se sirve chocolate, y en cuyo balcón ondea ya toda la tarde el emblema del santo patrón (…)”.

Al anochecer se publica un bando al son de la caja, que dice así: «Se hace saber a todos los cofrades de San Juan, que acudan a las cuatro de la mañana a tomar el refresco a casa del mayordomo conservador». En realidad, el “refresco” al entrar en el cuerpo calentaba.

A las diez comenzaban las albadas: “canto popular de monótona cadencia alusivo al objeto de la fiesta, que recuerda acaso las costumbres de aquella larga época de la dominación musulmana, y que cuyo origen se pierde en la oscuridad de los tiempos”. El resto de la noche, recorrían las calles de la villa rondallas al estilo del país con sus guitarras y panderetas.

Al alba, la campana llama a los fieles a la primera misa, y entretanto comienza a oírse algún escopetazo, cuyo fuego va gradualmente aumentando, “como si la población se hallase acometida por los bandoleros y el vecindario se resistiese desde sus casas”. Son lo cofrades que se entretienes en disparar al aire sus escopetas.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Los mozos acuden en busca del toro de sogas, que con un collarín de cintas y campanillas, y bien amarrado, es traído a la plaza, donde permanece hasta después del refresco.

Los cofrades, cuyo número ascenderá a más de trescientos, van reuniéndose en la calle y frente a la casa del mayordomo conservador. Entre tanto, una cuadrilla de danzantes, compuesta de seis moros y seis cristianos, con sus obligados mayoral y rabadán, acompañada de los sargentos, gaita y tamboril, da la vuelta al pueblo.

Reunida la gente y alineada, se anuncia que se va a repartir el refresco y se ordena que no se incluyan en las filas los que no sean tales cofrades. Enseguida, los encargados de la distribución y los sargentos reparten roscones, dando dos grandes trozos a cada uno, y otros dos vasos de vino blanco por cabeza, con lo que más de uno suele alegrarse un poco.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Concluido el refresco, se da a cada cofrade que acude con escopeta tres onzas de pólvora para hacer salvas. Salen entonces de casa del mayordomo conservador los que lo han sido de la cofradía en años anteriores, acompañando al de la bandera, y se ordena el alarde, “llamado impropiamente procesión por algunos, pues ni va capítulo, ni cruz parroquial”. Consiste en una cuadrilla de mozos que traen amarrado al toro y que forman la vanguardia de la gran masa de gente.

El toro es el requisito indispensable de la fiesta, elegido entre los más bravos, el cual, atado por dos sogas, una que tiran los de delante y otra que llevan los de atrás, impide que pueda causar incomodidad alguna. Siguen los cofrades en número bastante considerable, armados algunos con escopetas, sargentos de uniforme y alabarda, danzantes, gaita y tamboril, pendón de San Juan, la efigie del Santo colocado sobre una peana y que al pasar por la plaza toman sobre sus hombros cuatro robustos gañanes, sigue la bandera de la cofradía y cierran la comitiva, como presidiendo, los mayordomos.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

El alarde recorre las principales calles de un barrio llamado Parroquia. Sale de la plaza denominada Marrán y, tomando el camino de las Cruces, sigue dando vueltas por la huerta a un cuarto de hora del pueblo, a salir por la puerta del hospital o ermita de San Blas, y de la calle de la Manga a la Mayor. En el trayecto que media desde esta entrada del pueblo hasta la plaza, se encuentran suspendidos en diferentes puntos, de ventana a ventana, varios peleles o muñecos construidos con ropas viejas y repletos de paja, que en Pina se llaman pairos, los cuales, así sostenidos y bajados a nivel del suelo, sirven de motivo de enfurecimiento al toro que viene delante. El animal descarga sobre ellos cornadas, poniendo las más de las veces a descubierto la materia fofa de que se hallan henchidos, lo cual excita sobre manera la risa a las gentes de buen humor. Nuevamente elevados son objeto de puntería a los escopeteros, que sin piedad se ceban sobre ellos, disparando a quema ropa sus armas de fuego, a cuyas descargas repetidas suelen encenderse y venirse al suelo formando una pequeña hoguera.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Llegado el alarde a la plaza retiran el toro, entrando en ella rigurosamente formados todos los cofrades, y el Santo se coloca en uno de los ángulos. El teniente de la cofradía se pone a la cabeza de la gente dividida en pelotones, guiados por los sargentos y formada de cuatro a cuatro en fondo. Con el primero marchan a tambor batiente, marcando el paso redoblado con la mayor precisión, la bandera y el pendón de San Juan, y describiendo un círculo cuanto permite la extensión de la plaza y formando una línea reentrante; el círculo se va limitando cada vez más, a manera de una culebra que se enrosca, cuya evolución se conoce con el nombre de “caracola”. Reunidos todos en un pelotón ordenado, vuelve a deshacerse en igual sentido, disparando las escopetas al pasar cerca del Santo, tanto al hacer como al deshacer la expresada evolución.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Concluida ésta, y al entrar el Santo en la iglesia, los escopeteros forman en dos alas y disparan todos sobre él a discreción, envolviéndole en una densa nube de humo. Luego hay misa cantada de cofrades, en la que, como en las vísperas, salen los sargentos a sacar la cera, y se celebra en el altar del titular, único día en todo el año.

Después de misa, los danzantes, sargentos, gaita y tamboril acompañan, a casa del mayordomo conservador para tomar chocolate, al sacerdote celebrante, organista y demás del coro, así como a los pasados mayordomos. A las nueve se celebra la misa conventual y, concluida, los danzantes traen igualmente al predicador a casa del mayordomo.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Terminada la fiesta tienen lugar los “dichos” a la puerta del conservador, en presencia de la imagen del Santo y en loor del cual se citan los mayores elogios, respecto a su vida y virtudes, y concluyen con una danza o pasacalle.

Por la tarde se repiten las vísperas, y tras esta, la verdadera procesión de San Juan recorre la vuelta de costumbre, con varios pendones y su correspondiente acompañamiento. Se da la circunstancia de que en ella los sargentos van descubiertos y con las alabardas del revés, cuya humillación de armas se hace en señal de respeto y sumisión al Santo, bajo cuya intercesión los cristianos lograron expulsar de Pina a los “partidarios del falso profeta”.

Después de la procesión llevan la bandera de la cofradía acompañada de los sargentos, danzantes, gaita y tamboril a tomar posesión en la casa del nuevo mayordomo, en cuyo balcón o ventana la colocan por espacio de media hora. Durante este tiempo se hacen en la puerta unas mudanzas de danza. Vuelve a replegarse la bandera y se deposita en la casa del conservador. Los sargentos se retiran a las suyas y los danzantes continúan hasta el anochecer ejecutando bales en las puertas de varios particulares.

Según Julio Álvarez, “se da la singular coincidencia de que la sonata, a cuyos ecos tienen lugar las danzas de este día en Pina, es exactamente la que se tañe en Valencia en casos análogos cuando hay funciones de moros y cristianos”.

Así era el desarrollo de la fiesta y en cuanto a su origen no pudo averiguar nada con certeza, únicamente se sabía por tradición que se instituyó en memoria de la expulsión de los moros que habitaban en Pina, en el barrio llamado de la Parroquia, y que en aquella época acaso se denominara la Morería.

Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Se contaba que, para arrojar de Pina a los infieles que habitaban dentro de su recinto, los cristianos idearon la lidia de un toro, diversión a la que eran muy aficionados aquellos, y que habiendo salido de sus guaridas a disfrutar de la fiesta, lo cercaron y acorralaron obligándolos a huir de la población, sin volverlos a permitir la entrada. Desde entonces se refugiaron en Alcalá, pequeño pueblo que existió entre Gelsa y Pina.

Julio Álvarez no pudo obtener ninguna otra información que no se refiriera a la tradición; revisó infructuosamente el libro de las instituciones de la cofradía, formado de nuevo en 1722, donde solamente estaban las reglas de la institución, el modo de celebrarse la fiesta de San Juan, la asistencia que debía prestarse a sus cofrades, así como el entierro que había de hacérseles llegado el caso de defunción, varias partidas de cuentas de gastos ocurridos con motivos de la fiesta en varios años y otras, que no ayudaban a indagar el origen. Únicamente encontró en los libros parroquiales dos textos que recogía íntegros, tal como los reproducimos, por la relación que con tal acontecimiento pudieran acaso tener.

En el tomo primero de bautizados (página sin folio) se encuentra lo siguiente: «A 26 días del mes de abril del año 1588. Yo Mosén Pedro Cortés, vicario de Pina, bautizo según el rito de la santa iglesia de Roma a un hijo de Blasco Ángel y de María Anchipol, su mujer, llamose Blas, fueron compadres Colás Temina e Isabel de Salillas.- Estando bautizando éste, vino Lupercio Latrás y Miguel Juan Barbed con sus lacayos sobre Pina, los cuales hicieron grande matanza de los nuevos convertidos, ansi de hombre y mujeres y criaturas que fueron hasta cuatrocientos o más y después hicieron grandes despojos de sus haciendas de muebles, ganados gruesos y menudos, y todo lo que sabían que era suyo, todo lo tomaban, el trigo y harina y escudillas y platos: hallábanse en poder de estos convertidos y en sus casas escondidos muchos libros y cosas y señales que eran moros y que guardaban más la ley de Mahoma y de Moisés que la de Cristo, porque los hombres que mataron estaban todos circuncidados según su ley: y se halló en poder de un muerto escrita de nuestra letra la orden de su bautismo para que lo defendiesen con sus reglas en romance y el bautismo y lo que habían de decir en algarabía». En el mismo tomo (página también sin folio) se lee lo siguiente: «El 26 de julio de 1610 y a las cinco de la tarde salieron de Pina los nuevos convertidos a su destierro de África por orden de Felipe II de Aragón y III de Castilla, dejándoles sacar lo que pudieran sacar a cuestas solamente».


Foto: Ayuntamiento de Pina de Ebro

Para concluir, Julio Álvarez añadía que los cargos de teniente y sargentos de la cofradía eran hereditarios, aunque trasmisible. En cuanto al de mayordomo podía serlo cualquiera que se pudiera desprender de 1.000 reales, que era aproximadamente el importe de la función. También decía que antiguamente la cofradía poseía suficientes fondos para atender con esplendidez la celebración de la fiesta, contándose entre sus bienes una gran porción de cabezas de ganado vacuno, que perdieron en la última guerra civil (Segunda Guerra Carlista, 1846-1849), durante la cual estuvo suspendida aquella por incompatible con las circunstancias. Algún año se obtenía el dinero ingeniando algún arbitrio, como sucedió en 1857 con el sorteo de un pequeño novillo.

Y terminaba diciendo que “para el forastero que se halla en Pina el día 24 de junio y ve por vez primera el aparato de la expresada fiesta, no deja de sorprenderle; bien seguro que en Aragón no se encontrará otro pueblo en que tan raramente se celebre el día de San Juan”.
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Publicado en Gaiteros de Aragón. Revista de Música y Cultura Popular de la Asociación Gaiteros de Aragón, Nº 30, Otoño 2012.

12/6/12

El heroísmo de la guardesa de Pina


PERLAS DE HEMEROTECA

Recorte de la noticia sobre el suceso de Pina publicado en la revista Actualidades


A finales de agosto de 1901 los diarios El Día, El Siglo Futuro, La Correspondencia de España, La Época y el Imparcial, entre otros, publicaban una amplia noticia destacando el heroísmo de la guardesa de Pina, que evitó el descarrilamiento del tren durante una enorme tormenta.

La noticia llegó a Zaragoza con los viajeros del tren correo de Barcelona, tras el peligro que sufrieron entre las estaciones de Pina y Fuentes de Ebro, en la madrugada del 22 y 23 de agosto de 1901.
En torno a las ocho y media de la noche del 22, entre las citadas estaciones, descargó un copioso aguacero que en menos de quince minutos inundó los campos en una extensión de cuatro kilómetros, en medio de cuyos parajes corre la vía férrea.

El agua rebasó los terraplenes y al no encontrar suficiente escape por los puentes abrió grandes excavaciones entre los raíles.

En el avance de las aguas hacía la estación de Pina, rebasó una caseta en la que la guardesa de la vía trataba de salvar a sus pequeñuelos de la imponente inundación. La tarea llegó a ser angustiosa y terrible. A lo lejos se oía el silbato del correo de Barcelona, que se acercaba rápidamente a las tierras inundadas.

La valerosa guardesa, llevada por su amor maternal, por un lado, y, de otro, por la voz del deber, colocó precipitadamente a un hijo de pecho sobre la cama y a otros mayorcicos encima de una mesa; después, corrió a lo largo de una escarpa, sobre la que estaba edificada la caseta, y, luego, por los bordes de la vía, con el agua a la cintura, al encuentro del tren, agitando en alto el farol de la luz roja de alarma.

El derrumbamiento de un puente detuvo su avance y, desde el borde, por no poder pasar, continuó haciendo señales al tren, que se iba aproximando.

El maquinista, advertido por el farol de la guardesa, paró a tres o cuatro metros del peligroso lugar. Después retrocedió con grandes precauciones a la estación de Pina.

Cuando la guardesa volvió a la caseta, encontró a sus hijos milagrosamente a salvo, todas sus provisiones destruidas y sus míseras ropas y enseres flotando sobre las aguas.

Pasados un par de meses, la revista Actualidades destruía el mito de la guardesa de Pina, publicando dos fotografías, una de Josefa Penella, la guardesa, y otra del capataz Miguel Mirabal, quién realmente fue el héroe que impidió el descarrilamiento del tren.

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26/1/09

El bandido “Cucaracha y el barquero de Pina de Ebro

.El bandido Cucaracha. Grabado (Huesca, 1936) de un niño de Plasencia del Monte, alumno del maestro freinetista Simeón Omella.

Mariano Gabín y Suñén, más conocido con el apodo de “Cucaracha” (era pequeño, muy moreno y siempre vestía de negro), fue el bandolero más conocido de Aragón. Entre 1870 y 1875 “reinó” en un basto “imperio” que incluía la comarca de Los Monegros y se extendía desde el río Cinca hasta el Gállego, de Este a Oeste, y, por el Norte, desde la Hoya y Somontano de Barbastro, hasta el Ebro, por el Sur.

“Cucaracha” se movía continuamente de un lugar a otro, evitando la presencia de la Guardia civil. Tuvo que cruzar a menudo los ríos por las numerosas barcas que comunicaban las márgenes de los tres ríos más caudalosos de Aragón. Se cuentan muchas anécdotas.
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Habitualmente, los barqueros eran confidentes del bandolero y le ayudaban; uno de ellos fue el barquero de Albalate de Cinca. Pero también tuvo algún encontronazo con otros barqueros. Es el caso que traemos en el siguiente texto de A. Riera, con el título de “Cucaracha”, publicado en 1903 en la revista ilustrada Pluma y lápiz, editada en Barcelona.

“Se habla de bandidos, conversación que no es muy agradable ni tranquilizadora cuando se sostiene andando por campo y valles, pero que resulta entretenida e interesante después de haber comido y bebido en un buen restaurant y fumado un habano mientras se cumple el trabajo de la digestión, cuando la sangre parece circular con más viveza y avivar el pensamiento.

-Me da ira la estupidez humana, decía López -un López cualquiera; -la ha dado todo el mundo por creer en la caballerosidad de los bandidos, y no hay quien se los figure unos caballeros andantes o poco menos.

-La leyenda es merecida por lo que toca a varios de ellos, replicó Fanjul, el antiguo jefe republicano, famoso por sus discursos del Parlamento.

-¡Hombre, tiene gracia! ¿Hasta tú?...

-Sí, hasta yo. A un bandido célebre, que murió de un modo desastroso, debo la vida, o cuando menos el ahorrarme una encerrona de larga duración.

-Cuenta, hombre, cuenta.

-La aventura no es extraordinaria, pero prueba lo que dije, que hay cándidos que valen más que su fama. ¿Recordáis el nombre de Cucaracha?

-Sí.

-Bueno, de él se trata. Anduve yo mezclado en la sublevación de Despeñaperros en 1869. Fuimos vencidos. Pude escapar; antes de huir de España quise pasar por mi casa, por Aragón. Un día me avisó el secretario del pueblo que acudía la guardia civil, que me andaba buscando. Tres días después había elecciones en Zaragoza; decidí jugar el todo por el todo y presentarme diputado en vez de huir a Francia. Pero era preciso, ante todo, escapar de los que me perseguían.

.Había dado la media noche cuando salí de mi pueblo a caballo para Pina. Había que pasar el río, pero había barca. Es de advertir que en mi comarca me conocen hasta los perros. Aguijé el caballo y al amanecer llegué junto a la barca. Poco antes de llegar a ella salió un hombre de un grupo de árboles. Iba embozado en una manta, cubierta la cabeza con un sombrero del que llevaba bajas las alas. Por debajo de la manta asomaba el cañón de un fusil cuya culata se marcaba junto al hombro.

Se adelantó a mi encuentro y me saludó.

-¿Va usted a pasar el río? -preguntó.

-Sí.

-Pues pasaré con usted.

-Bueno; voy a despertar al barquero.

Le llamó. Salió a los cinco minutos, malhumorado, mascullando maldiciones entre dientes, sin duda por haberle despertado tan temprano. Pero, era el mío, caso que no admitía dilación. De un momento a otro podían aparecer los civiles y yo estaba condenado a muerte.

-Ea, pásame pronto, -dije.

-Poco a poco, señor Fanjul, -replicó el pillastre con sonrisa de mal agüero, insolente y burlona a un tiempo.

-¿Sabe usted cuánto vale hoy pasar el río?

-No sé.

-Le costará cien duros-. Comprendí la pillada. El maldito sabía que huía. Busqué un arma. No tenía ninguna. Era aquel bandido el más fuerte. Si se empeñaba en no pasarme estaba perdido. Capitulé.

-No tengo los cien duros. Te daré todo el dinero que tengo.

No llevaba más que veinte o treinta pesetas. Se las ofrecí.

-No le paso.

Le di el reloj, que era de plata, la capa.

-No le paso si no vienen cien duros. Vaya a buscarlos.

No le podía dar el caballo porque le necesitaba para huir más aprisa. Volver atrás era imposible. Me cegó la ira. Iba a saltar del caballo, cuando el hombre de la manta, que presenciara aquella escena sin decir una palabra, me detuvo con un ademán y avanzando hacia el barquero le preguntó.
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-Y por pasarme a mí, ¿cuánto quieres?

-El precio ordinario.

-No te daré nada. Y pasarás al señor Fanjul y me pasarás a mí y nos pasarás tirando de la soga con los dientes.

-¡Oh! ¡Oh! -hizo en tono de mofa el barquero.

Había amanecido. El que hablaba con tanta autoridad se desembozó con rápido ademán, de un revés de la mano levantó el ala del sombrero y empuñó la carabina.

-¿Me conoces? -dijo.

-¡Cucaracha! -exclamó el barquero con terror.

-En carne y huesos.

Temblando como un azogado entró el pasador en la barca. Subimos también nosotros. Iba a coger la soga con las manos el barquero.

-¡Con los dientes he dicho, canalla!

Relampaguearon los ojos del salteador. Obedeció el cobarde. Y con los dientes empezó a tirar de la soga. Era un espectáculo tan tremendo y repugnante a la vez, que no puedo recordarlo sin estremecerme. El miserable temblaba, tenía su cara una expresión como enloquecida; apretaba la cuerda con los dientes, como si mordiera a un enemigo haciendo presa y los ojos, horriblemente dilatados, miraban a Cucaracha. Éste, apoyado en su carabina, inmóvil como una estatua, sin que se estremeciera un solo músculo de su rostro bronceado, sin parpadear, con aquellos ojos que vieran tantas veces la muerte cara a cara, miraba al barquero.

Pasamos. Al saltar, Cucaracha hizo que el barquero me devolviese el dinero, reloj y capa. Di las gracias al salteador.


-Vaya usted tranquilo, -me dijo- ¡buena suerte!

Echo a andar mi caballo. Cucaracha dijo al barquero:

-Si vienen los civiles y nos delatas, te mato mañana.

Volví la cabeza. El bandolero se internaba con paso rápido por entre los árboles de la orilla.

En cuanto a mí, llegué a Zaragoza guiando un carro de trigo. Dos días después tenía el acta. ¿No os parece que la debía más que a los republicanos al pobre Cucaracha?
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23/6/07

PINA DE EBRO. El Toro de San Juan

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Foto: C. García
Viernes, 24 de junio de 2005
Colaboración leída en el programa “Hoy por hoy” de Radio Zaragoza, dirigido por David Marqueta, durante la entrevista al alcalde de Pina D. José Zumeta

¡Hola, amigos!
San Juan ha llegado. Antaño, como canta Labordeta, los segadores bajaban del Pirineo a la tierra llana:

Ya llegó la sanjuanada
¡ojalá que no llegara!,
se han marchado mis amores
a segar a la ribera…
En la noche de San Juan se celebra la fiesta del agua y del fuego. Es la noche mágica por excelencia.
En Pina de Ebro también conservan un ritual típico de las fiestas solsticiales ibéricas, el culto al toro. A mediados del siglo XIX, los mayordomos organizaban el denominado “alarde de San Juan”. La procesión o “alarde” iba encabezada por el “toro de sogas”, un toro bravo engalanado y amarrado por dos sogas o maromas.
La imagen del Santo iba custodiada por los sargentos con alabardas y los abanderados, y a su alrededor danzaba una cuadrilla de moros y cristianos. Se representaban pantomimas y se cantaba:Matutes de Pina,matutes seránque llevan al torodelante de San Juan.
En Pina, además, veneran a San Antón, con hogueras; a San Blas, con dance; a San Gregorio, con romería, y a la Virgen y San Roque, en sus fiestas mayores.
En el casco antiguo podemos contemplar un conjunto urbano típico. Destaca la iglesia parroquial de Santa María y el convento de los franciscanos. Una copla resume lo más famoso:
Cuatro cosas tiene Pina
de fama en el mundo entero,
las chicas, la plaza
los bizcochos y el paseo.
Joaquín Costa recogió varias expresiones de las tierras meridionales de la provincia de Huesca. Cuando soplaba viento del valle del Ebro se decía:
El “aire de Pina, llena la badina”, o, “aire de Pina, lluvia fina”.
Un personaje popular, posiblemente inventado, fue la Lucía de Pina. Realizaba algunos hechos prodigiosos:
“La Lucía de Pina, meaba a un lado del río Ebro y llegaba al otro”.
Se decía para dejar mal a las chicas, pero la copla las pone en su lugar:
Una muchacha de Pina
y otra de Bujaraloz,
se jugaron la hermosura
y la de Pina ganó.
Todavía permanece el recuerdo de la barca.
Me despido de la barca
y adiós le digo al barquero
que ya está llegando el puente
que soñaba Pina de Ebro.
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