29/01/12

Un domingo en Aragón

Dibujo de Castelucho
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Bajo los epígrafes de "Costumbres Populares" y "Tipos y usos aragoneses", La Ilustración Española y Americana publicaba en 1880 el dibujo de Castelucho titulado "Un domingo en Aragón". Representa una de las costumbres típicas, el juego de cartas, probablemente el del "guiñote".

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28/01/12

Miguel Servet, ¿catalán o aragonés?

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 PERLAS DE HEMEROTECA

IV Centenario del nacimiento de Miguel Servet

Michael Servetus Hispanus de Aragonia
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¡Otro trasvase! Miguel Servet, ¿aragonés o catalán? No, por favor, no pregunten al Tribunal Constitucional. Tampoco lo vendieron las monjitas del Monasterio, aunque, probablemente, lo hubieran hecho con buen gusto si hubiera estado en sus manos.
Otros dicen que era navarro, e incluso hay quien lo considera portugués.
Por ahora respiramos tranquilos, actualmente no se duda de su origen aragonés, pero que nadie se confíe.
El argumento para dirimir su “nacionalidad” catalana por parte de Pompeyo Gener es de lo más razonable: “por haber nacido, según algunos en Villanueva de Sijena, que a la sazón pertenecía al obispado de Lérida”.
El texto que reproducimos fue publicado por el diario El Motín en 1911; es el preámbulo de un artículo titulado “Patria y apellidos de Servet” firmado por el catalán Segismundo Pey Ordeix (sacerdote, periodista y escritor anticlerical) y extraído de su libro Miguel Servet, el sabio víctima de la Universidad, el santo víctima de las iglesias. Su vida, su conciencia, su proceso, su vindicación, que acababa de ser publicado.
Por último, reproducimos una breve biografía de Pompeyo Gener, personaje calificado de bohemio, extraída de la Wikipedia: “Fue un periodista, ensayista, dramaturgo, bohemio de ideas progresistas y nacionalista catalán español, que residió largas temporadas en París. Muy activo políticamente, estuvo vinculado al republicanismo y concretamente al republicanismo federal durante la revolución de 1868, participando en el Primer Congreso Catalanista de Valentí Almirall de 1880”.

Escultura de Miguel Servet en Villanueva de Sigena. Foto: C. García

“Si Servet hubiese vivido en estos días en España, habría ordenado que en vez de gastar tiempo y trabajo en festejar su persona, nos dedicásemos con él a trabajar sus ideas al grito de ¡Abajo los tiranos! que se siente brotar de cada una de las páginas de sus libros.

Uno de los modos de derribar la tiranía es, con todo, la de ensalzar sus víctimas. El ensalzamiento de Servet es, pues, obra revolucionaria, tanto más revolucionaria cuanto que los «tiranos» no han tenido ni un sólo recuerdo para su nombre.

Los tiranos políticos no han tenido una palabra para reparación del crimen que mató a un cortesano de Carlos V.

Los tiranos religiosos no la han tenido para desagraviar al magnífico teólogo introductor de la escuela exegética.

Los tiranos académicos no la han tenido para protestar del ultraje hecho por los caciques de la Sorbona al descubridor de la circulación de la sangre.

En las academias españolas sobrevive el estudio Decano de la Facultad de Medicina de París que condenó a Servet.

En las catedrales siguen funcionando los inquisidores católicos y protestantes que le quemaron.

En los centros políticos siguen viviendo el déspota Calvino y el avaro Delfín que sólo se ocuparon de confiscarle sus riquezas.

Conste, pues, esto: la España monárquica sostiene la sentencia de Calvino y sigue haciéndola firme. Al pie del decreto de los médicos de Ginebra, debemos añadir las firmas del Consejo de ministros, academias oficiales, consejeros de Estado, diputados y senadores.

Que conste: la España eucarística del siglo XX sigue condenando a Servet, negándose a resucitar su infame fama.



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Casa natal de Miguel Servet en Villanueva de Sigena (foto: C. García)
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En el Ayuntamiento de Barcelona se ha suscitado la cuestión de si Servet era catalán o aragonés. Los concejales radicales lo reclaman como catalán, por haber nacido, según algunos en Villanueva de Sijena, que a la sazón pertenecía al obispado de Lérida; Pompeyo Gener ha sido el que ha sostenido el origen catalán de Servet.


Llamados a intervenir en este asunto, debemos decir a los clericales: ¿Ha sido el celo de la verdad histórica el que ha inspirado vuestros escrúpulos sobre el origen catalán de Servet, o antes bien habéis fingido este celo de la verdad para poder ofender a Servet negándole el honor de colocar su retrato en la galería de catalanes ilustres? ¿Habéis obrado como críticos o como hijos de Calvino y de Ory? En este caso, vuestra oposición a la glorificación de Servet es vuestra adhesión a la canallada de Calvino: sois continuadores de su obra; sois esbirros de la Inquisición, despreciables como ellos. Y al no atreveros a confesar francamente vuestra intención y carácter, sois cobardes como Calvino; y al adoptar la máscara de celadores de la verdad histórica para ultrajar a una víctima, os hacéis hipócritas, profanáis la verdad y hacéis de la crítica uso infame, que en vez de utilizarla para defensa de la justicia, la esgrimís para continuar la iniquidad. Vuestro propósito ha sido rechazar a Servet y negarle vuestro parentesco para poderle negar el pago de la deuda de reparación. No habéis combatido al forastero, sino al mártir que os acusa de verdugos.
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¿Qué era Servet?


A los peninsulares debiera bastarles saber positivamente que era español para sentirse obligados a glorificarle.


A los espíritus nobles les debe bastar el saber que fue un mártir, para pagarle el tributo de veneración.


Yo supongo que en Pompeyo Gener predomina este espíritu de justicia y de recto patriotismo en sus reclamaciones de la patria de Servet para Cataluña. Este celo debe aplaudirse. Si Cataluña reclamara a Servet como suyo, para ser la más obligada a honrarle, más que con la contingencia de haber nacido acá o acullá podrá ganar el título de patria de Servet, honrándole como si fuese realmente su Patria chica. Por las obras lo conoceremos. Si los catalanes se hacen los heraldos de la gloria de Servet, se ganarán el título y derecho de compatriotas suyos, por derecho de legítima conquista.


Pero este derecho de Cataluña, no exime a los aragoneses de su deber. Villanueva de Sijena es municipio de Aragón; los sijeneses se llaman aragoneses. Los de hoy son descendientes de aquellos del siglo XVI. Estos son sus compatriotas de sangre. Servet honró a Villanueva tomando como apellido su nombre. El llamóse «aragonés» y como tal fue tratado.


Estos hechos pueden servir de base a una emulación recta”.

27/01/12

El trasvase de objetos de arte de Huesca a Cataluña

Nada tiene que envidiar al del río Ebro
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PERLAS DE HEMEROTECA
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Pancarta reivindicativa del Frontal de Berbegal. Foto: C. García


El siguiente artículo, publicado el 14 de octubre de 1974 por el diario Pueblo, fue reproducido íntegro en la Nueva España de Huesca, del 24 de octubre de 1974, por el interés para los lectores del diario oscense.

Hay trasvases vitales —como el proyectado del Ebro— que ponen en guardia a las provincias: pero hay otros trasvases —los espirituales— que se vienen sucediendo desde tiempo inmemorial, las más de las veces amparados en el silencio, que, por lo que respecta a Huesca, supone un grave deterioro de su riqueza artística. Numerosas voces han contribuido a concienciar el tema que sólo la arbitrariedad y el egoísmo particular pueden pasarlo por alto. Consideramos que la divulgación es fundamental a todos los niveles. Por ello hemos enviado un cuestionario a don Jesús Conté Oliveros, hombre de larga dedicación educativa, con una brillante hoja de servicios, plurilingüista, autor de numerosos libros y, por encima de cualquier otra virtud, un enamorado y defensor de su provincia, Huesca. Las aportaciones que él nos ofrece en esta encuesta —muchas de ellas, inéditas; todas, profundas— han de ser valiosísimas, incluso para los especialistas en el tema. Nosotros, al leer sus contestaciones, hemos sentido una sensación de estupor, cuando no de indignación, ante los hechos cometidos en la provincia de Huesca. Pensamos que la misma sensación van a experimentar los lectores.

J. L. ARANGUREN EGOZKUE


APTITUDES MERCANTILES
—¿Puede hablarse de elevación, cuando no de comercialización, de tesoros artístico-religiosos en Huesca?

—Entre el período que pudiera denominarse de gestación, aún indefinida y borrosa, de una incipiente evasión y una auténtica comercialización han mediado algunos años.

Al principio, tal evasión se presentaba más o menos disfrazada con cándidos ropajes para cubrir las "apremiantes necesidades" existentes en determinadas parroquias, que para quedar satisfechas comportaban la venta de algunas "jocalías de poca monta", sin requerir de este modo, el oneroso concurso pecuniario de la feligresía.

Posteriormente, ciertos clérigos invocaron toda suerte de argumentos, "ex cornu altaris", al quedar demodado el pulpito, tendentes a crear una propicia mentalización en los ánimos de su dominical auditorio, evitando así que, llegado el momento de la desaparición los fieles quisieran rasgarse las vestiduras al comprobar la ausencia de aquéllos objetos artístico-religiosos con los que se hallaban familiarizados desde su más tierna infancia, es decir, desde aquellos lejanos tiempos en que, bajo la tutela de sus ya difuntas abuelas, acudían al templo para rezar rosarios, novenas y otras devociones pías.

Por último, a raíz del clamoroso triunfo de las teorías "maritainistas" y al amparo de las llamadas reformas posconciliares en su ulterior desarrollo e interpretación, hubo quienes se lanzaron a poner en práctica sus aptitudes mercantiles sin temor a que se pronunciara el subsiguiente blasphemavit por parte de ciertos sectores responsables de la feligresía. Ahora bien, como el plan trazado requería estrategia previa, se había elaborado con la debida antelación el estudiado "modus opeandi".

LARGA LISTA
—¿Cuáles son en su opinión los ejemplos más sangrantes?

—Como respuesta básica, invocaremos aquella sapiente frase del Apocalipsis: "Ex tribu Judá duocecim millia signati", es decir, son muchos, por desgracia, los que podrán aducirse: fruto de la irreflexión de una buena parte de esta joven clerecía: pero, en aras a la brevedad, nos limitaremos a destacar los que más recientemente han contribuido a exacerbar los ánimos todavía candentes de aquellos a quienes más directamente atañe la cuestión que nos ocupa:

En Torla, magnífica cruz procesional de plata dorada, de gran tamaño, arte de la primera mitad del siglo XVI. Fue recuperada después de la última guerra y, al decir del señor Del Arco, era con mucho la mejor de la provincia. ¿Sabe alguien su actual paradero?

En Ayerbe, precioso temo y capa pluvial de la ermita de la Virgen de Casbas que, al parecer, necesitaban una restauración. ¿Sabe alguien en qué taller?

En Loarre valiosísimo retablo perteneciente a la filial de Novalla. ¿Estará ahora en los Países Bajos? También ha desaparecido una bella cornucopia, legada por el teniente general Ena, a la casa parroquial, amén de candelabros, lámparas, etcétera. De todo esto, ya se hizo eco en su día nuestro querido amigo El Atisbador de la Sotonera, en diversos rotativos, con el consiguiente escándalo público.

A este propósito conviene señalar que hubo algún que otro improvisado defensor del responsable de tan audaces actos que alegan que el "vendedor" se vio obligado a ello para comprarse camisas. ¿Eran de carga? Si el retablo en cuestión era de un elevadísimo valor, ¿de qué precio fueron las camisas? Juzgue el lector.

La románica ermita del Treviño, en Adahuesca, ha perdido (¡¡pasmémonos!!) nada menos que su claustro. ¿No es esto sorprendente?

Recientemente, la verja de la Catedral de Huesca ha sido "cedida" al santuario de Torre Ciudad para que pueda ser admirada por los turistas extranjeros en tierras ribagorzanas, pues los oscenses tienen ya demasiados tesoros para deleitar su sensibilidad artística. Excusamos la ironía del último párrafo, pues sabemos que todos los oscenses han repudiado la "cesión" entes aludida. Bien podrían recordar con nostalgia aquel lúgubre poema de Luis Ram de Viu, que comienza: "Muchas veces, allá, junto a la verja..."

Gran penitencia se nos había de imponer, si tuviéramos aquí que relatar las desapariciones de libros, pergaminos, tallas románicas, etc., y decimos que sería grande, no por mortificación propia, sino por el tiempo que habríamos de dedicar a tan extenso menester.

EL GRAN PIONERO
—¿Qué casos se registran a raíz de los cambios en los límites diocesanos?

—El trasvase de objetos de arte de Huesca a Cataluña nada tiene que envidiar, por su importancia, al de nuestro rio Ebro. Veamos, pues, algunos ejemplos, que no por lamentables resultan menos ciertos. El gran pionero de estos trasvases fue el doctor Messeguer y Costa, quien, a finales del siglo XIX, "tuvo a bien", desde su solio episcopal ilerdense, el ordenar el trasplante de la portada románica de la parroquia de El Tormillo (provincia de Huesca) en la iglesia de San Martín, de Lérida, donde actualmente es admirada por propios y extraños. Menos mal que los señores Santiago Alcolea y Juan Díaz de Budallés afirman en cierta guía artística ilerdense: "La iglesia de San Martín presenta sencilla portada, que refleja el arte selecto de las grandes creaciones de la escuela de Lérida del siglo XIII".

Don Juan Antonio Foncillas, que publicó un magnífico trabajo al respecto el 10 de agosto del año en curso en cierto periódico, dice muy acertadamente, glosando este hecho, lo siguiente: "Aquí los investigadores han preferido incluir la portada de la iglesia oscense de El Tormillo, y acarreada a Lérida por orden del obispo Messeguer y Costa, "como arte selecto de las grandes creaciones de la escuela de Lérida". Sin comentarios, concluye finalmente.

Tampoco nosotros queremos añadir comentario alguno, señor Foncillas, pues sus palabras son lo suficientemente expresivas y elocuentes para que haya necesidad de ulteriores exégesis.

Harto lamentable resulta también el "traslado" del valiosísimo frontal de Berbegal al Museo Diocesano de Lérida. Una guía artística de esta ciudad comenta al respecto: "Es, sin duda alguna, la obra maestra de la pintura oscense sobre tabla del siglo XIII, dando nueva vida al viejo tema del Pantocrátor rodeado por el Ttramorfos y los doce apóstoles que aquí aparecen enmarcados con delicadas labores de talla. Las figuras se pintaron sobre fondo da oro tapizado de temas florales gofrados, aprovechando en ciertos sectores la transparencia de la preparación metálica; su canon humano es correcto y se completa con el dibujo ajustadísimo de las facciones e indumentaria y por la pureza de su bello colorido en que predomina el carmín. Está muy relacionado con la decoración de la sala capitular del monasterio de Sigena".

Bien conocen los comentaristas ilerdenses de arte todo lo relacionado con el monasterio de Sigena, pues no en vano conservan en su Museo Diocesano sarcófagos, retablos, cuadros, muebles, pinturas murales y otros objetos procedentes del antiguo cenobio sanjuanista, amén de la silla prioral, obra del maestro de Sos hacia 1325.

Azara y otras parroquias del arciprestazgo de Berbegal, que en enero de 1956 se incorporaron de "facto" a la diócesis de Huesca, notaron ciertas ausencias de objetos artísticos poco antes de que se efectuara su integración al obispado oscense.

También Barcelona ha cobrado buenas y abundantísimas piezas artísticas procedentes de todos los puntos geográficos de la provincia de Huesca. Sólo de frontales y retablos, sin añadir otras obras de arte podría hacerse un» larga lista de los que actualmente se "guardan" en el Museo de Barcelona. Veamos una simbólica relación, por desgracia real, de las piezas anteriormente mencionadas:

Et primo un frontal del siglo XIII, procedente de la ermita de Begatell, en Betesa (Benabarre), pintura al temple de huevo, sobre tabal, con fondo de yesería en relieve.

Item un frontal de San Martín, del siglo XIII, procedente de Chía (Boltaña), pintura de las mismas características que el anterior.

Item un frontal de San Juan Bautista, de 1300 "circa", procedente de Gésera (Jaca), pintura al temple, con corladura de plata.

Item un frontal de San Nicolás, del siglo XIV, procedente de Güell (Tamarite), pintura al temple de huevo sobre tabla.

Item un retablo de San Felipe y San Jaime, del siglo XIV, procedente de la Catedral de Huesca, pintura al temple sobre tabla; lleva los escudos de Aragón y del condado de Urgel.

Item un retablo de Santa Úrsula, de 1300 "circa", procedente de Casbas de Huesca, pintura al temple de huevo sobre tabla.

Item un retablo de San Vicente, de la primera mitad del siglo XIV, procedente de Estopiñán (Tamarite), pintura al temple de huevo sobre tabla.

Item un retablo de San Pedro mártir, de comienzos del siglo XIV, procedente de Sigena, pintura al temple sobre tabla.

Item un retablo de la Virgen, de mediados del siglo XIV, procedente también de Sigena, pintura al temple sobre tabla.

Item un retablo de Santo Domingo, de comienzos del siglo XIV, procedente de Tamarite de Litera, pintura al temple con corladura sobre plata.

Item: Et sic de multis...

Omitimos aquí las obras de arte que, procedentes de Huesca, se hallan "guardadas" in England, USA Catalán collections (prívate of cour se) and so on. (Perdonen los lectores, pero hablar de desapariciones artísticas y no decirlo en inglés sería grave pecado).

PROBLEMÁTICA LA RECUPERACIÓN
—¿Cabe una postura reivindicatoría, por parte de Huesca, respecto a la desaparición de tesoros artísticos?

—Es muy difícil, por no decir imposible, que Huesca pueda recuperar sus tesoros perdidos; ahora bien, lo que sí es factible, contando con un severo control por parte de los señores ordinarios de las tres diócesis oscenses, es el conservar los aún existentes. En cuanto a las iglesias sujetas a la mitra ilerdense, enclavadas en la provincia de Huesca, quizá dependa de una todavía hipotética prohibición por parte de la Santa Sede en el sentido de que se evite en lo sucesivo que las cosas pertenecientes a otra provincia sean llevadas a la capital diocesana, al tiempo que pudiera obligarse a las autoridades eclesiásticas de Lérida a devolver a Huesca lo que siempre ha sido suyo; pero esta última suposición más bien tiene apariencias de un sueño pueril que de( una futura realidad.

—¿Puede hablarse de que la Iglesia ha tomado conciencia exacta del problema, o, por el contrario, directa o indirectamente, estamos predestinados a que continúe la evasión?

—Según ciertas informaciones aparecidas en la Prensa italiana, parece ser que Roma así piensa, particularmente después de ciertos casos acaecidos en las iglesias de la Ciudad Eterna; pero ignoramos si tal medida afectará ex aequo a la Urbs Roma y a la Urbs Osca.

Recordemos que en la época de Quinto Sertorio esta última pretendió a su modo, en el grado comparativo que le fue posible, equipararse a la capital del imperio, y tras la trágica muerte de aquél, poco tardó en doblegarse a la voluntad que desde las orillas del Tíber le fuera impuesta. ¿No podría ahora acaecer lo mismo en otro orden de cosas? Confiemos que no.
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26/01/12

Azara

PERLAS DE HEMEROTECA

Félix de Azara. Dibujo de Batlle

El escritor Francisco Grandmontagne publicó en la revista argentina Caras y Caretas (1929) un interesante artículo dedicado a Félix de Azara, que nos permite conocer mejor al naturalista, geógrafo, geodesta, ingeniero militar y marino de Barbuñales (Huesca). El artículo iba acompañado de un dibujo de Batlle.
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La admirable obra científica realizada durante veinte años por Azara en las regiones platenses constituye la principal fuente de información de los historiadores modernos para presentar el vasto cuadro geográfico del período colonial. Con razón el general Mitre la considera muy superior a la realizada por Humboldt en Méjico. Y el señor Groussac, tan exigente en lo informativo como preciso en sus juicios, tiénela por única en lo descriptivo, si bien opone a ella fundados reparos en lo histórico.

Don Félix de Azara —puede asegurarse sin temor de error— fue el hombre más culto que llegó a América durante la época de la dominación. Naturalista, geógrafo, geodesta, ingeniero militar y marino, su obra, verdaderamente extraordinaria, realizada con exiguos medios y tras de penalidades sin cuento, sigue siendo hoy mismo de obligada consulta. El área descripta, delineada y en buena parte recorrida abarca millares de kilómetros, caudalosos ríos, impenetrables bosques, vastísimas y solitarias planicies.

Era aragonés, de Barbuñales, villa de la provincia de Huesca, donde cursó el bachillerato, completando sus estudios superiores en Barcelona. Pertenecía a una distinguida y pudiente familia. Su hermano José Nicolás, marqués de Nibiano, fue un gran diplomático que tuvo lucidísima actuación en Roma y París durante la época napoleónica, tan profundamente trastornadora de la vida internacional de toda Europa. Agente general de España en la Ciudad Eterna, influyó de modo decisivo para que su íntimo amigo el cardenal Ganganelli fuera elegido Pontífice con el nombre de Clemente XIV, a quien luego asesoró eficazmente. Posteriormente, al invadir Napoleón el norte de Italia, Pío VI encargó al hábil diplomático aragonés la difícil misión de lograr que aquel genio de la guerra no ocupara Roma. Azara logró convencer al Emperador. Y cuando retornó a Roma fue objeto de grandes aclamaciones como su libertador. Se le incluyó entre los sesenta nobles romanos, acuñándose urna medalla en su honor con estas palabras: Josephus Nicolaus Azara eques Hispanus; y en el reverso: Praesidum et decus Romae, 1796. Apoderados más tarde los franceses de Roma y preso el Papa, su intervención sirvió para que fuese tratado con todos los miramientos debidos al jefe supremo de la Iglesia. La elección de Pío VII se debió igualmente a su influencia entre los cardenales. Fue, en suma, uno de los diplomáticos más sagaces y preponderantes de su época. Era un notable erudito, y escribió algunos libros en que se advierte su depurado gusto literario y ponderado juicio: "Obras de Garcilaso", "Obras de Meng", (atinada crítica de pintura), "Historia de la vida de Cicerón", "Obras de Horacio", "Obras de Virgilio", "Memoria sobre la pacificación general de Europa", "Introducción a la Historia natural y a la geografía física de España", "Semblanza de Carlos III " y otras monografías y opúsculos en que, juntamente con la investigación, siempre precisa, florece la belleza expresiva.

Sabido es que Félix de Azara fue a Sudamérica en 1781, comisionado para estudiar la cuestión de límites entre las posesiones españolas y portuguesas planteada por el tratado de San Ildefonso. Pero, gran explorador y hombre de ciencia, dio a su misión mayores vuelos haciendo un completo estudio topográfico de aquellas vastas regiones. Levantó un mapa casi perfecto del Chaco, que ha servido de base a los que se han trazado después. Y al propio tiempo describió aquella naturaleza, misteriosa entonces, o poco menos: el clima, los vientos, la disposición y calidad del terreno, los vegetales, el arbolado; la fauna, los insectos, ofidios arácnidos, pájaros. Clasificó más de cien cuadrúpedos y no menos de cuatrocientas aves. Hizo curiosas observaciones sobre multitud de tribus: guaraníes, charrúas, yaros, boanes, chanas, mimanes, pampas, orejones, tobas, mocobies, etc., señalando puntualmente la diversidad de sus costumbres, mitos y supersticiones. Realizó el trazado de las costas, remontó los ríos, estudiando el curso del Paraná, Uruguay, Paraguay, Pilcomayo, Bermejo y sus numerosos afluentes; reconoció las fronteras del Brasil e hizo oportunas indicaciones para organizar las defensas del Rio de la Plata. Y llevó a cabo su enorme obra sin más medios que unos modestos aparatos de geodesia y el limitado auxilio de algunos ayudantes españoles y un grupo de peones indios, cuya voluntad supo ganarse con su bondad y buen trato.

Los papeles de Azara —notas, croquis, planos, apuntes diversos— corrieron gran odisea. Depositados en el Cabildo de la Asunción, el gobernador de la colonia, don Gabriel Avilés del Fierro, decidió vestirse con las plumas del grajo; se apoderó de todos aquellos originales, enviándolos a España como obra propia, con lo cual aparecía ante el rey y sus ministros como un pozo de ciencia cuando sólo era un burócrata mediocre cuya moralidad en lo demás puede juzgarse por este rasgo. Muchos años después. Azara envió a su hermano, el marqués de Nibiano, a la sazón embajador español en París, una parte de sus estudios para que los diese a conocer entre los naturalistas franceses. A Moreau Saint-Mery le parecieron interesantísimos y los tradujo, lanzándolos a la circulación el editor Walkenaer. Según el señor Groussac (yo no conozco esta edición), estos estudios salieron notablemente mejorados por las notas agregadas de Cuvier y Sonnini. Pero parece —así lo veo en un erudito ensayo de Dionisio Pérez— que Mr. Moreau Saint-Mery se quedó con el producto de la edición, “si bien no quiso, como el gobernador y el virrey españoles, atribuirse la paternidad de la obra”.

Azara dejó los siguientes escritos: "Descripción e historia del Paraguay y Río de la Plata", su obra principal, publicada en 1847, o sea veintiséis años después de su muerte; "Viajes por la América Meridional" (traducido al francés por Moreau Saint - Mery); "Apuntamientos para la historia de los cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata", "Apuntamientos para la historia de los pájaros", "Diario de navegación del Tibicuary", "Memoria rural del Río de la Plata", "Límites del Paraguay", "Reflexiones económico - políticas del reino de Aragón".

En el traspaleo o trasconejamiento de los escritos de Azara, el mapa del Chaco Boreal ha caído, tras de muchas vueltas, en el archivo del gran poeta Zorrilla de San Martin. Nunca pudo caer en mejores manos. Los estudios topográficos y las demarcaciones de Azara sirven hoy, en buena parte, de base a la Comisión de Washington para resolver el pleito de límites entre el Paraguay y Bolivia. Este pleito es "una cuestión de vida o muerte para bolivianos y paraguayos, pues, como se sabe, úrgeles la adquisición de tierra, no cabiendo ya unos y otros dentro de las líneas de sus fronteras, tal es de formidable la densidad de población.

El estilo de Azara es conciso, sobrio, cortado, claro, de gran economía verbal. En la parte científica procede con la mayor honradez, no atribuyéndose —cosa frecuente en aquella época y en las anteriores— exploraciones y planimetrías realizadas por otros. Así, al hablar de las primeras vertientes del Paraná hasta su Salto grande, y de las del Paraguay hasta el Jaura, dice que adopta el mapa de Custodio de Saa. Señala igualmente las colaboraciones del capitán de navío Diego Alvear, que hizo el mapa del Paraná hasta Candelaria, así como los trabajos relativos a su curso hasta Buenos Aires, que por su orden realizaron Boneo, Zizur, Pazos y Corbiño. No cree Azara en la perfección de la obra propia en cuanto se refiere a las grandes vías fluvias y sus múltiples afluentes. "...Hay muchos yerros —dice— que no podrán corregirse hasta que pasando bastantes siglos se extienda la población por todos ellos." Un poco lejano está aún ese día.

Cuando llegaba a las tolderías, su fino espíritu observador se dedicaba a estudiar las costumbres de las diversas tribus, habiéndonos legado las mejores descripciones sobre esta materia. Ateníase con preferencia, más que a las viejas crónicas que pudo hallar en los archivos de la Asunción, Corrientes y Buenos Aires, "a consultar la tradición de los ancianos". Y así sus noticias producen la impresión de realidad viviente. Siente un santo horror hacia toda exageración, y al referir algunos hechos que personalmente no ha observado, recogiéndolos de las versiones de otros exploradores, advierte prudentemente: "No pretendo que las reflexiones que de ellos deduzco se crean, no hallándose fundadas".

Sus juicios sobre los primitivos cronistas no pueden ser más atinados. La crónica de Uldérico Schmidels, escrita en alemán y traducida luego al latín, está llena de errores respecto a los nombres de personas, río y lugares. "También tiene —dice— el defecto inevitable en un soldado raso (Schmidels era un aventurero bávaro que formó parte de la expedición de don Pedro Mendoza) de abultar el número de enemigos y de muertos, en las batallas, y decir que los indios tenían fosos, estacadas y fortalezas, para aumentar -así su gloria al supeditarlos. Alguna vez, para dar variedad a su historia, añade que algunos indios tenían bigotes y que criaban aves y animales domésticos, faltando en esto a la verdad que usa en lo demás generalmente". Estas invenciones nos hacen suponer que las diatribas de Schmidels contra su jefe, Irala, carecen de fundamento o pecan de excesivamente exageradas. Poco crédito le merecen igualmente los escritos de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, "que no se queda corto en su propia apología y que sabe aplicarse cosas buenas hechas después, estando él preso en Madrid. Tampoco es escaso en acriminar a sus contrarios, no perdonando medios ni invectivas y aun achacándoles la avaricia y otros vicios que eran suyos". Del arcediano Barco de Centenera y su "Argentina" no opina mejor. "Considero esta obra tan escasa de conocimientos locales y tan llena de tormentas y batallas, de circunstancias increíbles a los que conocen aquellos naturales, y de nombres y personajes inventados por él, que creo no se debe consultar cuando pueda evitarse. Pero su empeño mayor es desacreditar a los principales y a los naturales, siguiendo en esto el genio característico de todo aventurero y nuevo poblador como él lo era".

Más duro aún es con Ruiz Díaz de Guzmán, cuyo verdadero apellido era Riquelme. Sin duda lo cambió por no parecerle bastante sonoro. "Lo dicho basta —añade— para que no lo tengamos por escrupuloso y para que no nos cause novedad si vemos que en vez de verdades sólo cuenta novelas, como la leona que defendió a la mujer, la transmigración de los chiriguanas y el intercalar en sus relatos expediciones fingidas".

Idéntica crítica opone a la crónica del P. Lozano, que ignoraba la geografía del país. Rechaza su estilo caviloso y mordaz contra los primitivos exploradores. "Para Lozano —dice— no hubo sino dos hombres buenos, Alvar Núñez y el primer obispo, a quienes el Consejo condenó justamente por su mala conducta y porque realmente fueron los más ineptos. El P. Guevara juzgó a Lozano de algunas cavilaciones y maledicencias, añadiendo otras más insulsas; omite cosas substanciales y pone otras que no lo son".

Como los antiguos cronistas de toda América formaban parte, en calidad de soldados o frailes de las expediciones, cada uno de ellos escribe según las pasiones que en su espíritu levantaba el trato que les daban los jefes. Al producirse entre éstos aquellas disensiones y terribles trifulcas que convirtieran la conquista de los diversos territorios en un largo semillero de guerras civiles, los cronistas tomaban parte por uno n otro bando, llenando sus escritos de patrañuelas, invenciones y falsedades. Y de ahí lo difícil que es reconstruir una historia verdadera de aquellos remotos sucesos. El historiador moderno que se atenga a tales crónicas, sin depurarlas de la pasión que en ellas late, nunca podrá formular juicios muy seguros.

Verdadero sabio en su tiempo, espíritu además ponderado y ecuánime, la obra de Azara supera a cuanto se escribió en la época colonial. Al regresar a España encerróse en su pueblo natal, en Barbuñales, renunciando al virreinato de Nueva España que le ofreciera Carlos IV. Tampoco quiso aceptar recompensa alguna por los trabajos realizados. Retirado en su villa aragonesa, dedicóse el resto de su vida a cultivar sus tierras y aleccionar a sus paisanos en el progreso agrícola, repitiendo el bello ejemplo de Cincinato…
Francisco Grandmontagne
San Sebastián, julio de 1929

24/01/12

El guitarro baturro

PERLAS DE HEMEROTECA
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Dibujo: Cutanda


A Pepín Banzo, “el Rey del guitarro”

La Ilustración Artística iniciaba el año 1902 con una serie de artículos dedicados a instrumentos musicales característicos de cada región española, bajo el epígrafe de “Aires Nacionales”. El correspondiente a Aragón lo escribía el escritor y político Alfonso Pérez Nieva, ilustrado por Cutanda.
El pueblo de músculos de bronce, cabeza de piedra y corazón de fuego, no podía tener otro canto que la jota aragonesa que sale disparada de la boca baturra en tono sobreagudo y entre un rasgueo rápido del guitarrillo. La región es esa: el hombre tozudo y bravo, el terruño duro y pedregoso, el fruto substancioso y áspero, la copla altiva, el instrumento músico, el guitarrillo, una caja de madera con cuatro cuerdas de un diapasón tan alto, que predominan siempre y se oyen desde una legua. El guitarrillo, pequeño y menudo, manda en toda la rondalla; es el amo, el que grita. Las demás guitarras de la comparsa hacen el bajo, son sus esclavas; él, nervioso y vibrante, busca la voz, la sigue, la acaricia y la acompaña con un arpegio fuerte e imperioso en que se adivina que hay un puñetazo para el que se desmande.


Una raza entera, toda una tradición se hallan simbolizadas en la copla aragonesa y en el guitarrillo baturro. Los almogábares gozan de vida perdurable. Perdieron la honda, pero les queda la copla, que es la piedra, y el guitarrillo, que es la interjección. Aquella noble fiereza histórica es la matriz que ha concebido el canto sobrio, preciso, breve, contundente, sin nada que difumine la idea robusta y varonil, y el instrumento incisivo, sencillo, imperioso y chillón que marca un ritmo cortado y enérgico. Por eso la copla y el guitarrillo se han hecho para la calle, para la plaza, para el aire libre, para la extensión por donde rueda el viento sin trabas, aplastando los pámpanos de las viñas. Nada de suspiros, de misterios, de languideces, de la melancolía de su pariente la andaluza; la copla de arriba, redonda y sólida como un melocotón, y el guitarrillo que la acompaña, no lloran nunca; si esconden el dolor, se lo callan y lo devoran en una exclamación altiva y en un acorde brusco.


No quiere esto decir que la copla aragonesa y el guitarrillo baturro no sepan lo que es ternura. ¡Ya lo creo que sienten! ¡Y bien hondo! Sólo que en vez de reflejar el desmayo y la resignación, vierten la ira y la sátira en el cantar epigramático y en el golpe violento sobre las cuerdas. Es la rebeldía natal y aborigen contra todo lo que signifique imposición. ¡Y gracias a que la Virgen no quiso ser francesa!


Nadie duerme en el pueblo, fuera de las bestias, cansadas de trillar hasta que cayó sobre las eras el crepúsculo ardoroso de junio. En la plaza parece de día, un día amarillo-rojizo, y sobre las casas vuelan penachos de chispas. Es la gran hoguera tradicional, en torno de la que giran cogidos de las manos hombres y mujeres, una loca rueda de sombras.


De pronto desemboca por la calleja la bulliciosa rondalla; se oye guitarreo, sobresaliendo un rasguear agudo y vibrante; los mozos se detienen ante la ventana, y allá va la copla llena de mieles y oliendo á dehesa, entre una explosión de arpegios del guitarrillo; que festejada la chica, se larga con sus golpeteos y sus jotas a otra parte, a continuar su serenata de la noche de San Juan.


Seguramente no ha existido campamento español en que no suene alguna vez el guitarrillo baturro, «rasgueando» jota tras jota, en esas horas de calma de todas las guerras en que el soldado deja de pensar en el enemigo para pensar en su pueblo. Ha sonado entre la nieve de las cumbres navarras en las dos campañas carlistas; ha sonado en las vegas tetuánicas, en los ribazos melilleños, en los manglares cubanos, en los esteros filipinos, antes del toque de lista o después del de retreta, y casi siempre vibrando sobre sus acordes una voz varonil y fresca, la voz de los veinte años que canta una copla sostenida por un coro de palmadas.


Ese guitarrillo del soldado marcha a campaña con la tropa sobre la mochila de su dueño o en el carro del batallón. Su primera etapa la hace en el compartimiento, en plena trepidación del tren; después sale a relucir en los descansos de las jornadas. Lo que en la paz era un instrumento cualquiera, en la guerra, con la inminencia del peligro siempre en acecho, adquiere el valor de un ser querido, es algo que de lejos viene a hablarle al soldado de cuanto le es propio, de su hogar, de su aldea, de su novia, de los suyos. Y no sólo habla a su poseedor, sino a todos sus paisanos en el cuerpo en que sirven. El coro de palmas y oles lo constituyen ellos. Cuando forman el corro ante la tienda de lona, se sueña allí con la almenara de la cocina. Todos los desfallecimientos de la ausencia se desvanecen en torno al guitarrillo del zaragozano o del ribereño de la segunda o de la cuarta compañía. El guitarrillo da valor para esperar, da fe en la victoria, da la fuerza necesaria para resistir las penalidades del servicio y de la guerra. El soldado llega a venerarle como a la enseña de la patria, concluye por mirarle con el respeto que a la bandera, y si el chiquio se queda tendido para siempre en un encuentro, el guitarrillo pasa a poder de cualquier otro paisano. Y entonces, cuando vuelve a sonar por primera vez junto a la hoguera del campamento, es la única en que el guitarrillo varonil gime, vibrando sus cuerdas con acentos de Dies ira entre los «¡pobre Fulano!» de los camaradas.


Ha llegado el momento terrible de emigrar, de abandonar aquella casa de la que les echa la miseria, los pedriscos y las sequías que destruyeron un año y otro la humilde cosecha, las garras de la usura que se llevaron los dos «pares» con que se labraba el prado, completando la ruina. ¿Qué hacer? El hambre pega ya con los nudillos en la puerta. No es gente de la costa, no es gente que conozca el mar y se lance a través del charco. Pero es un baturro con la voluntad de la raza, y ahí está la carretera blanca indicándole el camino. ¡Se irán a la ciudad, a Madrid, al infierno, él, la mujer y el chico, a cantar a coro jotas y ¡a tocar el guitarrillo por esos mundos!


La noche ha cubierto con su densa sombra el terrible cuadro de destrucción, uniendo la calma de la oscuridad al reposo de la muerte. Ha sido uno de los días de tregua del sitio, uno de los raros días en que desde aquellas casas medio desmoronadas por el cañón enemigo, con sus ventanas sin hojas como bocas iracundas vomitando maldiciones, no ha salido el fuego espantoso de fusil obligando a emprender la retirada á los soberbios regimientos de granaderos franceses. La puerta del Carmen, desmochada a metrallazos, destaca a lo lejos su vaga silueta. La quietud es absoluta. Sólo repercuten los pasos de las patrullas resonando en la desierta calle, sepultada en tinieblas. Y en el silencio del hogar, poco después de dar las once la campana de la Seo, se oye la media voz de un centinela estoico que inicia una jota. Lo que no se oye es el guitarrillo. ¡El guitarrillo lo habrá roto el héroe probablemente en la cabeza de algún franchute!".
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Alfonso Pérez Nieva

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21/01/12

Altoaragoneses 2011

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¡¡¡ 6.060 GRACIAS !!!

16/01/12

Anselmo Salvador ha fallecido

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Anselmo Salvador portando la antorcha de la Olimpiada de México 1968

Hoy ha fallecido en Zaragoza, a la edad de 84 años, Anselmo Salvador Embid, uno de los atletas históricos aragoneses. Nació el 20 de mayo de 1927 en el zaragozano barrio de San José. A mediados de los años 40 comenzó a practicar atletismo. En 1946 ya se proclamó Campeón de Aragón de Cross en la categoría de Neófitos. Se especializó en pruebas de larga distancia; en 1948 debutó en los 30 kilómetros, clasificándose en segunda posición por detrás de José Bergua. Este puesto lo repetiría al año siguiente. En 1948 también finalizaría en cuarta posición en el XIV Campeonato de España de Maratón; su equipo, el Real Zaragoza, obtuvo la medalla de plata. Durante muchos años fue el alma y mantenedor de la Sección de Atletismo del Real Zaragoza, junto con Enrique Lope. Cuando Anselmo abandonó el atletismo prácticamente desapareció esta Sección. Fue coetáneo de muchos de los grandes atletas aragoneses: Pedro Sierra, Alberto Murillo, Paco Binaburo, Rodolfo Antón, Santiago y Mariano Martín, Rafael Bielsa, Luis Royo, Tomás García, Rafael Bielsa, Enrique Lope, José Bergua, Tomás Ostáriz, Jerónimo Monge, José Fontanillas, Manuel Blasco, Joaquín Mareca, Miguel Ángel Panivino y muchos más. Durante muchos años participó en las tradicionales carreras pedestres o “corridas de pollos” que se celebran durante las fiestas patronales, colaborando activamente para mantener viva una de las tradiciones deportivas más típicas de Aragón.

Paco Binaburo, Joaquín Mareca y Anselmo Salvador
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