
Eran las diez de la mañana de uno de los primeros días de septiembre de 1887. Miguel Roché, labrador acomodado de entre 55 y 60 años, estaba sentado a la sombra, en la puerta de su casa, en el lugar más céntrico del pueblo, en la plaza, casa contigua a la parroquia.

El asesino, a las voces del alcalde que llegó inmediatamente, emprendió la fuga por la calle de la iglesia abajo, abriéndose paso con el arma en la mano por medio de cuantos intentaban detenerlo.
El juez, guardias, el hermano de la víctima y otros salieron en su persecución, pero fue imposible darle alcance a causa de los muchos maizales que había en la zona.

Todo comenzó tiempo atrás, a principios del verano, cuando a Roché, más conocido con el apodo de “Pelas” se le quemó una fajina; las sospechas señalaban al padre del asesino, alias “El Chulo”, como autor del fuego.
La quema se había puesto en conocimiento de las autoridades y hasta hubo declaraciones de que habían visto al padre del criminal el día del incendio por la fajina. Para asegurase de la culpabilidad en el hecho del acusado, la mujer de Roché había acudido a Zaragoza unos días antes a que le “echaran las cartas”. Según las cartas, “el autor del incendio de la fajina había sido “El Chulo”.

La Guardia Civil de La Puebla no tardó en acudir a Villamayor acompañando al juez, señor Landa. Y emprendió la persecución del homicida por los montes de Perdiguera, lugar por a donde creían que se había dirigido.
Con sucesos similares comenzaban a gestarse las historias de muchos bandoleros románticos.
Fuente de información:
- La Derecha, 5 septiembre 1887.
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